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La moda..., ¿no incomoda?

 

Plutarco Bonilla


Nota preliminar

“La moda no incomoda”. Así reza un muy conocido refrán de nuestro idioma. Pero como resulta con todo refrán, su aplicación no es de validez absolutamente universal. O sea, no tiene vigencia en todo tiempo ni en toda circunstancia.

Cuando se establece una moda en un determinado contexto y luego, por “inercia”, por gusto o por ciertos intereses, se intenta imponerla en un contexto diferente, tal intento puede resolverse en un verdadero adefesio o puede reflejar una actitud de manada. Esto último, en el sentido de que los que imitan a quienes intentan imponerla lo hacen sin reflexionar, ya sea “por seguir la corriente” o porque “les parece muy bonito” o porque aceptan acríticamente lo que “otros” les dicen o hacen. Hacemos aquí dos salvedades: primera, que no emitimos juicio sobre la sinceridad de nadie; y segunda, que hay, por supuesto, excepciones; honrosas excepciones.

La iglesia protestante actual –hablamos de nuestra experiencia en Costa Rica, pues la crítica debe comenzar por casa– no ha sido inmune a esta plaga de aco-moda-rse, pues muy desafortunadamente, en muchísimos casos no la han preparado para aplicar las “vacunas” apropiadas contra tal plaga…, ¡vacunas que existen!

Mi buen y querido amigo Juan E. Stam ya ha publicado algún material sobre algunos de los temas concretos de los que vamos a tratar en esta serie de breves artículos. Lo ha hecho desde su perspectiva de teólogo y de buen conocedor de las Escrituras que los cristianos consideramos “sagradas”. No ha sido el único en utilizar su “pluma” para dedicarla a este tema.

Al hablar de nosotros mismos, usamos los verbos en primera persona, unas veces en plural y otras en singular. Consideramos que el contexto correspondiente explica estos usos.

Por lo anterior, y aunque pueda resultar un tanto repetitivo para algunos lectores (si los hubiera), ofrecemos aquí estos sencillos aportes. Si a alguien le ayuda a crecer, bien habrá valido este pequeño esfuerzo.

 

-1-

¿Amén!

 

Predicadores hay, y no son pocos, que desde los púlpitos de muchas iglesias o desde las tribunas de sus canales de televisión, condimentan sus sermones a cada momento con un “Amén”, sin que venga al caso. Es más, algunos de ellos (¿o serán todos?) invitan –o más bien incitan– a los congregados con expresiones como estas: “Digan: ‘Amén’”, “¿Quién dice: ‘Amén’?”, “Levanten la mano los que dicen: ‘Amén’” o simplemente como pregunta: “¿Amén?”... Por lo general, lo hacen después de decir algo que con frecuencia es insubstancial, aunque lo consideren apropiado, y con la intención y la esperanza de que la congregación responda con la misma palabra, pero como afirmación categórica: “¡Amén!”. Y si la respuesta no resulta muy entusiasta, pues insisten y vuelven a insistir...

Hace muchos años tuve el privilegio de ser parte de la congregación en un culto dominical que se celebraba en la iglesia que había pastoreado el padre del Dr. Martin Luther King, en la ciudad de Atlanta, en Estados Unidos de América. El predicador de aquella ocasión fue un profesor de un Seminario que tiene su sede en la misma ciudad. De verbo elocuente y apasionado y de pensamiento claro y profundo, expuso un texto de las Escrituras del Nuevo Testamento.

Para quien escribe estas líneas, resultó no solo emocionante sino particularmente significativo el hecho de que la congregación respondiera en oportunas y repetidas ocasiones con exclamaciones como “¡Amén, hermano!” y “Así es, ¡siga adelante!”, sin que el predicador considerara en ningún momento que lo estaban interrumpiendo…, porque, en efecto, no lo interrumpían.

Lo emocionante de la experiencia radicó en el entusiasmo que se manifestaba en esas expresiones de exultación. Era claro que se trataba de algo genuino, espontáneo, propio de la cultura afroamericana a la que pertenecían tanto aquella congregación como el mismo predicador.

Lo significativo fue que esas mismas personas que así reaccionaban a lo que el predicador iba exponiendo no necesitaban ni que este estuviera diciendo “amenes” ni que las estuviera “arreando" para que ellas los repitieran en voz alta.

Quien ahora escribe estas líneas considera que lo que sucede actualmente en nuestras iglesias solo indica la incapacidad de los predicadores a los que nos referimos para despertar en los miembros de sus congregaciones una respuesta espontánea, no inducida artificialmente, que exprese de alguna manera la comprensión e identificación con el mensaje que se predica.

A lo anterior hay que añadir algo que otros ya han señalado: el significado propio de la palabra “amén” como que no calza bien, en la mayoría de los casos, con el contexto en que se expresa.

Hasta aquí nos hemos referido a la práctica de ciertos predicadores que, según manifiestan, solicitan –¡y hasta ruegan!– a su auditorio el tipo de respuesta que hemos comentado. Pero hay otro aspecto al que debe presentársele seria consideración.

Muchos son los miembros de esas comunidades evangélicas a las que sus pastores- predicadores tratan de manipular con expresiones o palabras como esta que comentamos. Y nos preguntamos: ¿A qué se debe que esas personas no usen sus propios criterios ni hagan como los bereanos de quienes habla el libro de los Hechos? Estos, después de oír a aquellos misioneros que los visitaban, “día tras días estudiaban las Escrituras para ver si era cierto lo que se les decía” (17.11, Dios habla hoy). ¡Y los predicadores eran nada menos que el apóstol Pablo y su compañero Silas!

Hace años, me invitaron a predicar, entre semana, en una iglesia evangélica en la ciudad de Guatemala. Al pastor le pedí permiso –y me fue amablemente concedido– para dirigir más bien un estudio bíblico y no presentar un sermón formal. Cuando, al comienzo, leí el pasaje de la Escritura que sería objeto de nuestro estudio, se oyeron varias voces que decían: “¡Amén!”. Hice una pausa y pregunté qué sentido tenían esos “amenes” en ese momento, después de la lectura de un texto bíblico. Ninguno pudo darme razón alguna. Durante el estudio, y cuando hice una afirmación que consideraba muy importante en el contexto del asunto que tratábamos, no sin cierta ironía ‒lo confieso paladinamente‒ les dije a los hermanos: “¿Ven? ¡Se han quedado callados y ahora es cuando debieron haber dicho ‘Amén’!”.

El gran problema en nuestro mundo evangélico es que los predicadores –en su gran mayoría pastores– no muestran ningún interés en enseñar a los miembros de sus congregaciones a pensar. Prefieren que simplemente acepten sin cuestionar lo que ellos dicen. E incluso, para lograrlo se atreven a manosear algunos textos bíblicos y guardan un casi exegéticamente criminal silencio de otros que no abonan a sus intereses egoístas.

Cuando contemplo esas escenas –en vivo o en la pantalla del televisor– no puedo evitar pensar, con mucha tristeza, que la mayoría de esos congregados asumen una actitud de sumisión, borreguil, de dejar que otros piensen por ellos. Tuve el privilegio de colaborar como profesor en numerosos “talleres de ciencias bíblicas” (como se los llamaba entonces), en todos los países de nuestro Continente. Con frecuencia, les decía a los participantes, no sin cierto sentido de humor, que Dios no nos dio la cabeza solo para usar el sombrero, sino que nos la dio para que usemos lo que tenemos dentro. Y en mis labores en la docencia universitaria, insistía con mis alumnos en el hecho de que no me interesaba que en sus participaciones –ya fueran oralmente en clase o en sus trabajos escritos–repitieran lo que yo creía, sino que expresaran su propio pensamiento. Eso sí, dando razón de lo que afirmaban.

A fin de cuentas, ¿no es eso lo que la misma Escritura nos enseña respecto de lo que creemos los seguidores de Jesús? Esto es lo que dice:

Glorificad en vuestro corazón a Cristo, el Señor, estando dispuestos en todo momento a dar razón de vuestra esperanza a cualquiera que os pida explicaciones. Pero eso sí, hacedlo con dulzura y respeto, como quien tiene limpia la conciencia para que quienes critican vuestra conducta cristiana, queden avergonzados de sus calumnias.

(Primera epístola de Pedro 3.15-16)

Tres Ríos, Costa Rica
Mayo, 2017

 

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