Con Acento Poét.

  Enfermería

  ERE

  Evangelismo

  Misión Urbana

T por una Sonrisa

  Visita a los asilos

  Álbum de Fotos

  Arqueología

  Artículos

  Entrevistas

  Forwards

  Locura General

  Reportajes

  Testimonios

  Enlaces

Inicio


La moda..., ¿no incomoda?

 

Plutarco Bonilla

 

-2ª parte-

Yo te bendigo

 

Hace ya unos años, quien entonces era el pastor de la iglesia de la que soy miembro (o sea, se trataba de mi pastor) me envió un mensaje electrónico cuando yo andaba de viaje. En él, ya casi como despedida, me decía lo siguiente (que copio al pie de la letra): “Como pastor, los bendigo en el Nombre de Cristo, y declaro toda clase de bien sobre sus familias, trabajo, y ministerios”.

Cuando escribí mi respuesta, la mostré, antes de enviarla, al querido amigo en cuya casa me hospedaba, y le pedí su consejo, pues de ningún modo quería ser ofensivo o herir susceptibilidades. Me dijo que la consideraba respetuosa. Tal respuesta, y en el párrafo pertinente, la envié en estos términos: “En efecto, dice usted: ‘Como pastor, los bendigo en el Nombre de Cristo, y declaro toda clase de bien sobre sus familias, trabajo, y ministerios’. Yo preferiría, y perdone mi franqueza, que usted no me bendiga, sino que, más bien, haga como solía hacer el apóstol Pablo: que interceda ante el Señor para que él me bendiga, para que sea él quien derrame sobre mí, en abundancia, su gracia. Creo que ese lenguaje (‘yo te bendigo’, ‘yo declaro’) es una moda que no tiene sustento en la enseñanza del Nuevo Testamento, sino que ha sido impuesta por algunos que han querido mostrar su autoridad (¿y superioridad?) sobre la grey del Señor, porque el que bendice es superior al bendecido (Hebreos 7.7). / Pastor, no me mal interprete. No creo, en absoluto, que esa sea su actitud. Ya me lo ha demostrado. Creo, humildemente, que usted se ha dejado llevar por la costumbre. Por eso me atrevo a decir que no concuerdo con esa costumbre. / Quizás usted no concuerde conmigo. Si es así, tenga la seguridad de que seguirá contando con todo mi respeto”.

Como seguidores de Jesús estamos llamados, ciertamente, a ser de bendición para cuantos estén a nuestro alrededor. Pero..., como también afirma otro refrán: “Del dicho al hecho hay un gran trecho”.

En efecto, hay un inmenso trecho entre decir: “Yo te bendigo” y ser en realidad de bendición para la persona a quien se le dirijan tales palabras. Uno es verdaderamente de bendición para otros (cristianos o no), no porque les diga que los bendice, sino por las acciones que realice en sus relaciones personales con ellos. No es del todo extraño que a “las palabras” de bendición les sigan hechos que las contradigan. Una de las formas más dolorosas de esa contradicción es la total indiferencia hacia el supuestamente bendecido.

Nos preguntamos de dónde se habrá originado esa moda del “Yo te bendigo”. Y nos imaginamos que se ha tomado de la tradición patriarcal de la que dan testimonio las Escrituras hebreas, especialmente en el libro de Génesis. Allí se nos dice, por ejemplo, que Isaac, por medio de un engaño urdido por su propia esposa, le dio la bendición de la primogenitura a Jacob, cuando en realidad le correspondía a Esaú (27.1-29), aunque este se la había vendido a su hermano por un plato de lentejas (25.29-34)..., sin que su padre, Isaac, lo supiera.

También se nos informa que Jacob bendijo a los hijos de José al bendecir primero a este (48.15-16) y luego directamente a ellos (48.20). Y bendijo así mismo a sus doce hijos (capítulo 49).

¿Será ese el origen de la práctica actual que comentamos?

Si es así, tres observaciones, de muy diversa naturaleza, son de rigor.

La primera observación es que, como parte de esa bendición que da el patriarca, se pide que sea Dios quien bendiga: “Que te proteja el Dios de tus padres, que el Todopoderoso te bendiga con bendiciones arriba en el cielo, con bendiciones abajo en el abismo, con bendiciones que colmen pechos y senos maternos” (49.25). La fuente última de toda bendición es Dios: él es quien realmente bendice, no la persona que dice: “Yo te bendigo”.

La segunda observación cae por su propio peso: bendice el padre a los hijos, el patriarca a sus descendientes. O sea, el superior a quienes de alguna manera son sus subordinados, especialmente en las tradiciones patriarcales de las culturas de la Biblia. Dicho con otras palabras: Esta práctica actual no deja de ser más que una burda manifestación de “la voluntad de poder”, de las ansias de dominio, del deseo de sentirse superiores. Y lo malo, lo pésimo, es que muchos se lo creen. Baste observar con atención la cierta arrogancia de algunos predicadores (sobre todo, telepredicadores) que tienen esa costumbre. Algunos hasta tienen la soberbiosa arrogancia de impedir que los demás los toquen, porque, dicen, están “ungidos”. ¡Y pensar que el verdaderamente ungido del Señor no solo tocaba a los intocables de la sociedad de su tiempo sino que, además, se dejaba tocar por ellos!

La tercera observación está vinculada con esto que acabamos de decir, y manifiesta, sin máscaras, ese deseo de mostrarse como superiores (o sea, de ser los que bendicen). Nos referimos a ese afán de arrogarse títulos como “apóstol” o “profeta”. Es el equivalente, en otro orden, a lo que ha sucedido, tristemente, con algunos predicadores en América Latina: hubo una época en la que mostraban desprecio hacia las instituciones de educación bíblico-teológica que tomaban muy en serio tanto el nivel académico de sus profesores y programa de estudios como el que alcanzaban sus estudiantes y, muy especialmente, sus graduados. “No tienen celo evangelístico”…, solían pontificar.

He aquí un testimonio que duele. Lo hemos tomado de las redes sociales, de una revista electrónica evangélica. Por razones obvias, omitimos cualquier identificación personal o institucional. Dijo así el autor: “A Dios gracias ya superado, hace años experimenté la denigración del conocimiento y la formación académica en una comunidad […] de mi ciudad. Querer estudiar y formarse era mal visto porque suponía un espíritu de intelectualismo contrario a la voluntad de Dios, luego comprendí que posiblemente el pastor, ahora ya Apóstol, en el fondo sufría cierto complejo de inferioridad e intentaba justificar su analfabetismo (no sólo teológico) mediante la imposición del ‘no toques al ungido de Dios’”. (Fue publicado el 27 de abril del corriente año).

Pasó el tiempo y aquellos que despreciaban la formación académica terminaron anhelando títulos de “doctor”, títulos que luego casi enarbolaban como tarjetas de presentación.

No hace demasiado tiempo, en el país en que resido, en una reunión de pastores le dieron a uno de ellos el título de “patriarca”. De hecho, ya había ostentado los de “profeta” y “apóstol”. (Por cierto, y esto es demostrable, tal “profeta” ha hecho profecías que han sido rotundos fracasos, por resultar falsas. ¿Y lo que dicen las Escrituras acerca de quienes profetizan falsamente…? Pero esa es otra historia..., que se ha repetido en otros países).

¿Cuál será el título siguiente al que aspirarán? ¿El de querubín?, ¿o será el de serafín? (Bueno, ojalá “sea el fin” de tanto despropósito) ¿O será, acaso, como se atrevió a afirmar un predicador puertorriqueño, de triste memoria, el de ser Jesucristo mismo?

¿Profetas?, ¿apóstoles?, ¿patriarcas?

Quizás de personas así es de quienes algunos han aprendido esta moda de sentirse tan superiores a otros como para asumir la autoridad de decirles que ellos los bendicen...

Ítem más: Nunca he escuchado que ninguno de ellos les haya pedido a quienes “bendicen”… ¡que los bendiga a ellos! ¿O estaré desinformado…? (Bueno, quizás en cierto sentido lo hayan pedido, cuando… ¡les solicitan sus ofrendas, hasta con artimañas!).

Notas finales: (1) Los profetas bíblicos no querían ser profetas del Dios altísimo. Consideraban que era un honor y una responsabilidad demasiado grandes, y no se tenían por dignos de tal privilegio… ni de tanta carga. Y lo dijeron explícitamente. (2) Los profetas de antaño, en su gran mayoría (si no todos) sufrían cuando ejercían con fidelidad su función profética. Hubo quienes pagaron con sus vidas. Y (3), ¡qué de los apóstoles del Nuevo Testamento? ¿Cuáles eran sus credenciales? Para quienes los hayan olvidado, recomendamos leer el testimonio de ¡nada menos que el apóstol Pablo!: 2 Corintios 11.16-21, 23-30.

¿Y los credenciales de los apóstoles de ahora?

Tres Ríos, Costa Rica

Mayo, 2017

 

    -Indice de artículos de Plutarco Bonilla
    -Indice general de artículos


Plutarco Bonilla
.

Quiénes somos      Contacto      Preguntas Frecuentes