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La moda..., ¿no incomoda?

 

Plutarco Bonilla

 

-3ª parte-

Yo declaro

 

Hace muchos años. Era domingo y se celebraba el culto matutino, con el templo abarrotado, en la que entonces era una de las principales congregaciones evangélicas de San José, Costa Rica, En un determinado momento, el pastor, con voz bien audible, proclamó: “¡Yo declaro sana a cualquier persona que aquí esté enferma!”.

La pianista de la iglesia en aquellos tiempos ‒colega en muchas lides en defensa del pueblo evangélico desde la Junta Directiva de la Alianza Evangélica Costarricense̶–, había llegado al culto con una tos terrible, pues no estaba bien de salud. (Dicho sea de paso, ese gesto de llegar a realizar su compromiso con la iglesia, a pesar de su condición, hablaba bien claramente de su profundo sentido de responsabilidad).

Al terminar el culto, la referida hermana salió del templo…, tosiendo igual o peor que cuando había entrado…

¿Qué significó, entonces, ese “¡Yo declaro!”?

Primero: El verbo “declarar” es, como muchísimos otros, polisémico. De los varios diccionarios consultados se deduce que puede usarse con alguno de estos significados: “manifestar; dar a conocer (algo especialmente reservado); confesar; decir una cosa ante un juez; hacer pública la decisión de iniciar una acción hostil; decir lo que se transporta (por ejemplo, en las aduanas); decir una persona con autoridad para ello que considera a alguien o algo como cierta cosa, de cierta clase o en cierta situación”. El significado preciso, al igual que sucede con cualquier otro vocablo, queda determinado por el contexto en que se use.

Segundo: Resulta claro que el uso que se le da en los casos a los que nos referimos (y que hemos ilustrado con la anécdota con la que iniciamos esta breve reflexión) corresponde al último de los que hemos apuntado. En palabras de uno de los diccionarios: “Dar a conocer pública u oficialmente que [alguien o algo] es [lo que se expresa] o está [en determinada circunstancia]”.

Tercero: Llama la atención el uso del pronombre de primera persona singular que, de hecho, ya está implícito en la forma verbal: si “declaro”, el sujeto del verbo no puede ser otro más que “yo”. En otras palabras, explicitar el pronombre (“Yo declaro”) resulta entonces de carácter enfático. El problema radica en quien es la persona en la que se está poniendo el énfasis.

Ese uso es comprensible solo cuando quien declara es el mismísimo Dios. Es, en el contexto de la iglesia, atributo exclusivo de la divinidad. La mejor ilustración de este hecho la encontramos en el Evangelio: quienes no reconocían la autoridad de Jesús, lo acusan de blasfemo por atreverse a perdonar pecados, pues “solo Dios” puede hacer una declaración tal. (Véase Marcos 2.1-12).

Por eso, afirmar en estos casos categóricamente “Yo declaro” es, a fin de cuentas, asumir el papel de la deidad y, por ende, usurpar la autoridad y el poder que solo a Dios pertenecen. Que se trata de una usurpación se hace evidente cuando al “Yo declaro” le sigue un rotundo fracaso, la total negación de lo declarado.

Algo que hay que tomar en cuenta es el hecho de que esta moda del “Yo declaro” puede ser polimorfa, ya que se disfraza con expresiones distintas de esta “fórmula”. Lo explicamos por medio de dos testimonios que procedemos a ofrecer.

El primero es personal. El otro tiene que ver con un queridísimo amigo, de una amistad forjada a lo largo de más de medio siglo. Llegó a ser alumno mío tanto en el Seminario como en la Universidad.

Vamos con el primero.

Una pareja de “pastores” visitaron a mi hija, que vivía con nosotros y estaba muy seriamente enferma, con un linfoma “non-Hodgkin”. Antes de despedirse, el esposo me preguntó si podía orar. Pregunta innecesaria, pues ¿cómo le iba a decir que no?: Nunca le he negado a nadie el derecho de orar, ni siquiera a quienes no son cristianos. Después de unas pocas frases en nuestro idioma, comenzó a pronunciar sonidos ininteligibles para mí. Y al terminar sentenció: “He tenido una visión: vi una puerta abierta, con mucha luz. Priscila se va a sanar”.

Priscila, mi amada hija Priscila, terminó no mucho después su peregrinaje terrenal y entregó su aliento a su Creador.

Una apostilla aclaratoria, casi obligatoria, viene al punto: Al oír la rotunda declaración del “pastor”, le dije, aparte, que quizá la visión significaba todo lo contrario. Y sucedió lo que me ha sucedido en otras ocasiones: el interlocutor (o, en otros casos, el “interlector”) no percibió ni mi escepticismo (producto de otras experiencias similares) ni, mucho menos, la cierta ironía de mi observación. Lo sé porque días después del fallecimiento de mi hija, dicho “pastor” le dijo a uno de mis hijos que yo había interpretado bien su visión… ¡Primera vez, en mis entonces 64 años, que me enteraba de que tenía el “don de interpretación de visiones”!

No hace falta ningún comentario adicional.

El segundo testimonio tiene aspectos similares y, sobre todo, una diferencia fundamental.

El hijo menor de mi amigo era un joven excelente. Se le presentó un cáncer cerebral. Sus padres pasaron por muchas vicisitudes, sobre todo al ver sufrir a su hijo y comprobar que todos los esfuerzos de la medicina resultaban infructuosos. Un día, una hermana de la iglesia se le acercó a mi amigo para comunicarle que el Señor le había dicho que su hijo se iba a sanar. Pero el muchacho falleció.

Hasta aquí llega la semejanza de ambas experiencias.

Antes de explicar la diferencia, unas casi ponzoñosas preguntas nos vienen a la mente: ¿No resultan ser estas “visiones” y “profecías” otra manera de decir: “Yo declaro” (como en el caso referido al principio de esta nota)? ¿No resultan ser, también, una especie de “desaguisado”, quizá  piadoso, pero desaguisado al fin, contra los padres y familiares de los enfermos y contra los enfermos mismos?

Entre estos dos testimonios hubo, también, una diferencia abisal que, en mi modesta opinión, no habla muy bien de aquel “pastor”.

En efecto, la hermana que le dio aquella “profecía” a mi amigo, una vez que el enfermo hubo fallecido tuvo el valor de acercarse al padre doliente, le confesó que se había equivocado y, lo que es muy importante, le pidió perdón.

El “pastor” se limitó a hablar con mi hijo…, ¡y si te vi, no me acuerdo!

Cuarto: ¿Qué significado tiene esta arrogancia de “declarar”, afirmar que se ha tenido “visiones” o que “Dios les ha dicho”? Los dirigentes que han adoptado esa moda, ¿han pensado, acaso, en los efectos negativos en quienes toman en serio lo que les dicen y luego descubren que

todo fue “tamo que arrebató el viento”, por no decir “fraude”? ¿Qué va a pensar o decir, y cómo va a reaccionar el no cristiano que es testigo de estas cosas? ¿Es esa manera apropiada de dar testimonio del evangelio de nuestro Señor Jesucristo? ¿O somos, más bien, piedra de escándalo? (…y no por el mensaje de la cruz).

Y quinto: Lo que consideramos que quizás sea peor: ¿Qué pasa con los miembros de nuestras iglesias, incluidos reales o supuestos “veteranos” en la fe, que, en presencia de sedicentes “profetas” cuyas profecías no se cumplen y cuyas “declaraciones” resultan falsas, continúan rindiéndoles pleitesía, guardan timorato silencio y siguen tras ellos como borregos tras un falso pastor?

Uno de los lemas de Juan Wesley, el fundador del metodismo, era “Pensar y dejar pensar”. Hay hoy en nuestro mundo evangélico muchos líderes que no dejan que los demás piensen…, seguramente porque ellos mismos no piensan…, aunque crean que sí lo hacen.

Tres Ríos, Costa Rica

Mayo, 2017

 

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