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La moda..., ¿no incomoda?

 

Plutarco Bonilla

 

-4ª parte-

Un aplauso para el Señor

 

Otra “costumbre” que se ha introducido, no tan subrepticiamente, en muchas iglesias se manifiesta cuando, quien dirige el culto “invita” a la congregación a “darle un aplauso al Señor”.

Considero que el origen de esta otra “manía” es más fácil de detectar: es evidente que viene del mundo del espectáculo. En efecto, desde hace mucho, mucho tiempo, ha resultado casi connatural a los espectadores que cuando se han sentido satisfechos y hasta agradecidos con la performance del protagonista o protagonistas de la actuación, muestren su reacción por medio de aplausos. Estos pueden expresarse de diversas maneras: sosteniéndolos por poco o mucho tiempo, con diferentes ritmos, poniéndose de pie… (Y, al contrario, los espectadores rechiflan cuando no han quedado satisfechos…).

Pareciera, por tanto, que en la actualidad se considera que Dios mismo es el gran “performador” en el “espectáculo” del culto, y de ahí que se les invite a los adoradores a dedicarle sus aplausos.

Ahora bien, quien haya leído esta nota hasta aquí podría preguntarse, y con razón, qué de malo hay en esta práctica. Seamos sinceros –es decir, sea yo sincero, junto con (algunos de) los lectores–: Tal costumbre puede que no tenga, en sí misma, nada que criticar. Pero hay que analizarla y entenderla en el contexto de nuestra comprensión de lo que constituye el culto cristiano. En efecto, considerada la liturgia en su totalidad, con sus elementos indispensablemente constitutivos, la práctica que comentamos, alentada muchas veces por el propio predicador, no hace sino resaltar el carácter de “espectáculo” que se ha querido dar al acto de adoración. Importa entonces, como se ve con claridad en las concentraciones que suelen calificarse como “del mundo”, exaltar a tal punto las emociones que se reduzca al mínimo o se haga desaparecer la conciencia crítica (que debe estar iluminada por las enseñanzas de las Escrituras).

No se nos malinterprete: no negamos el papel que las emociones juegan en la vida cristiana. A fin de cuentas, la persona insensible, es decir, la que es incapaz de experimentar sentimientos profundos y de reaccionar emocionalmente es, con toda seguridad, persona que sufre de algún trastorno psicológico o de alguna patología neurológica. Los sentimientos (positivos: amor, alegría, paz, afabilidad, bondad, paciencia…; y negativos: enojo, envidia, odio, avaricia, ambición desmedida…) son emociones humanas. Es normal que en unas persones predomine unos sentimientos sobre otros, y hasta es posible que algunas personas carezcan de ciertos sentimientos (como, por ejemplo, el rencor, la envidia o, tristemente, la amabilidad…). El ser humano es, en este como en otros aspectos de su existencia, un ser muy complejo.

Pero de ello a que se exploten las emociones para tener dominio sobre los demás hay una diferencia significativa. Hacerlo es común –y, al parecer, requisito indispensable– en las campañas políticas de nuestros pueblos, o en las lizas deportivas, cuando grupos organizados tratan de exaltar a los espectadores para que animen al equipo de su preferencia o para amilanar y hasta agredir al equipo contrario. De esto último, los medios de comunicación han informado últimamente de bastantes casos, en varios países.

Es  lo que se hace, también, usando diferentes técnicas de manipulación de masas, en las concentraciones multitudinarias de muchos conjuntos musicales contemporáneos (incluidos algunos religiosos…).

El aplauso, cuando no solo es ardoroso sino simultáneamente repetido (¿imitado?) por una colectividad, tiene la virtud, dadas determinadas circunstancias, de acentuar el aspecto emocional hasta el punto de exacerbación. Entonces, todo está sometido a ese estado afectivo. Desaparece la capacidad racional y la persona se entrega al sentimiento que se explota, con frecuencia sin medir las consecuencias. El carácter contagioso de manifestaciones de esa naturaleza es bien conocido y ha sido estudiado por especialistas. Por eso se sabe que una persona, en un contexto apropiado, es capaz de hacer lo que no se atrevería a hacer si estuviera sola. Es parte del instinto de manada.

Y cuando el ser humano se deja llevar por el instinto de manada, pierde su individualidad, su personalidad propia, y es absorbido por la masa, sea esta multitudinaria o no.

Aquí es necesario establecer, al menos con cierta claridad, la distinción entre “comunidad” y “rebaño”.

Desde los relatos genesíacos de la creación, se nos ha revelado que el ser humano se realiza como tal en comunidad. Por una parte, Dios se dijo a sí mismo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2.18). Sin negar ni disminuir la importancia del acto procreador, el énfasis primario en este segundo relato del Génesis radica en la ruptura de la soledad radical, para crear así una primera comunidad. Utilizando otros términos, eso mismo enseña el primero de los relatos del Génesis. Así se afirma que “creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (1.27). Nótese el cambio de número gramatical que hay en este texto: “al hombre” (en singular; o sea, el ser humano: adán); y luego, en plural: varón y mujer (o, en juego de palabras que han hecho algunos traductores: “varón y varona” u “hombre y hembra”).

Ahora bien, en esa auténtica comunidad ideada por el Creador, ningún miembro pierde su identidad personal. Por eso, cada uno tiene su nombre propio. Y no hay que olvidar que en la cultura hebrea del Antiguo Testamento, el nombre de una persona manifiesta la naturaleza y el carácter de quien lo lleva.

Ahí radica  la distinción entre comunidad y manada. Cuando se actúa siguiendo el instinto de manada se pierde la individualidad, pues la manada simplemente se deja llevar por lo que dice el líder, sin parar mientes en el significado o en las implicaciones de eso que dice o hace.

Eso es lo que se manifiesta hoy en muchos “cultos” evangélicos. Puede haber espontaneidad en el culto, pero espontaneidad no quiere decir desbordamiento ni pérdida de control de las propias emociones.

Tomás Gómez Bueno, a quien no tengo el honor de conocer, en un artículo publicado en fecha no muy lejana (25 de febrero) y titulado Lucha libre sobre la alfombra del púlpito, afirmó lo siguiente: 

"Mucha de la predicación de nuestras iglesias se ha tornado extrema y sensacionalista. Es espectáculo puro y simple. Por eso el púlpito de este tiempo es escenario de muecas rabiosas, de gestos furibundos y violentos, de ademanes y movimientos de trazos grotescos y sugerentes que, más que expresar un contenido bíblico, penetrante y transformador, buscan ocultar o disimular el desconocimiento y la ausencia de lo que el Señor ha revelado en su Palabra.

En este afán de provocar efectos emocionales extremos, se han abandonado las poses piadosas y, en la rudimentaria mecánica del contagio por repetición, se ha extraviado en el mismo púlpito el conocimiento edificante de la Palabra de Dios, única fuerza capaz de promover los verdaderos cambios que deben producirse en nuestras vidas."

(http://protestantedigital.com/magacin/41568/Lucha_libre_sobre_la_alfombra_del_pulpito)

Terminamos remedando palabras del apóstol Pablo: “Examinadlo todo; quedaos con lo bueno” (1 Tesalonicenses 5.21).

¿Y cómo sabemos qué es lo bueno?

Para ello tenemos el testimonio de las Escrituras y, sobre todo, el ejemplo de nuestro Maestro y Señor.


Tres Ríos, Costa Rica

Mayo, 2017

 

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Plutarco Bonilla
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