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La moda..., ¿no incomoda?

 

Plutarco Bonilla

 

-8ª parte-

Señor…; Señor…; Señor…

 

Debo confesar que no sé si lo que sigue es también una “moda” o un vicio de vieja data.

Comienzo introduciendo en este texto –como de cuando en cuando hago en algunos de mis escritos– el relato de una experiencia personal que considero una auténtica anécdota. En lo pertinente, esta palabra (“anécdota”) la definen así los diccionarios: “1. Relato breve de un hecho curioso, normalmente real” (Diccionario de español actual, de Manuel Seco y un equipo de colaboradores); “1. f. Relato breve de un hecho curioso que se hace como ilustración, ejemplo o entretenimiento. / 2. Suceso curioso y poco conocido que se relata en una anécdota” (Diccionario de la lengua española. Real Academia de la Lengua).

Consideramos que lo que de inmediato sigue es un hecho en cierto sentido curioso, que sirve a modo de ilustración o ejemplo. ¡Ah!, y es real.

Me sucedió en Cuba, en una de las iglesias que existen a lo largo de la isla, en las que tuve el privilegio de estar para participar en actividades docentes. Estas eran organizadas por el Comité Bíblico del Consejo de Iglesias de Cuba. Allá las denominaban “Talleres de ciencias bíblicas”, y las patrocinaba Sociedades Bíblicas Unidas, que era la institución que me enviaba.

A mitad de una de las mañanas, en la ocasión a la que me refiero, hubo un receso. Era yo responsable de la clase que seguiría inmediatamente después.

Antes de concederme la palabra, quien dirigía la sesión le pidió a un señor mayor que yo, pastor, que la iniciara con una oración. Y el invitado oró.

Y yo tuve algún “problemilla” con aquella oración.

Por eso, porque quería aprovechar lo que consideraba una oportunidad pedagógica y porque, además, no desentonaba con la clase que seguía, me atreví a decir lo siguiente: “Pido perdón al hermano que acaba de orar, por la observación que voy a hacer y que hago con mucho temor y profundo respeto. Tiene que ver con su uso de la palabra “Señor” a lo largo de su oración. La usó innumerables veces, muchas de ellas sin necesidad alguna. Fue como si se tratara de una muletilla. Me pregunto: ¿No es esa, acaso, una manera de tomar el nombre de Dios en vano?”.

Debo aclarar que esta observación no tenía nada que ver con la persona misma del hermano pastor ni prejuzgaba la sinceridad con la que elevó esa oración. De hecho, creo que fue muy sincera.

Es necesario que haga otra aclaración, porque tengo que rendir honor a quien honor merece. Al terminar las actividades de aquella mañana, el pastor se acercó a mí y me dijo: “Don Plutarco, le doy las gracias por su observación. La verdad es que nunca me había dado cuenta de que repetía tantas veces la palabra “Señor” cuando me dirigía a Dios en mis oraciones. Lo hacía de forma automática”.

Por esa y otras experiencias similares, muy probablemente haga yo algo que no deba hacer. Lo confieso en romance paladino (o sea, “en lenguaje llano y claro”). Pero he comprobado que hay aquí (en Costa Rica) muchos evangélicos que caen en el mismo vicio. ¿Y qué es eso que no debo hacer? Pues que en alguna ocasión he cedido a la tentación de contar las veces que un pastor ha repetido la palabra “Señor” en una oración regular de apenas unos minutos. Era como un martilleo, pues en algunos casos, entre “Señor” y “Señor” solo mediaban otras dos palabras. Conté, recientemente, 31 veces. (Antes que los lectores se apresuren a criticarme, quisiera hacer dos acotaciones. La primera consiste en resaltar lo dicho en líneas precedentes: no juzgo respecto de la sinceridad del orante. De hecho, creo en ella en el caso al que me refiero). La segunda tiene cierto cariz apologético: lo hecho no me impidió prestar atención al verdadero contenido de la oración).

En una de las reflexiones anteriores criticamos la “moda” de repetir la palabra “Amén”: como afirmación (viniera o no viniera al caso) o como pregunta (con la intención de que los congregados la repitieran como afirmación, como si se tratara de un reflejo condicionado).

No se trata de repeticiones idénticas, pues en la que ahora nos concierne no se incita a los demás a repetir nada; sobre todo, porque la repetición de la palabra “Dios” en una oración es un vocativo, es decir, se refiere directamente a aquel a quien se invoca. Por ello, quizás resulte aun más serio que tal palabra se pronuncie casi (o “sin el casi”) inconscientemente, como si, en efecto, fuera una autentica muletilla. ¿Lo será?

Los cristianos decimos que orar a Dios es conversar con él. ¿Cómo reaccionaríamos si alguno de nuestros hijos, al conversar con nosotros pronunciara, cada dos o tres palabras o en cada frase, la palabra “padre” (“madre”, “mamá”, “papá”)? ¿Le mandaríamos callar? Probablemente. O, quizás mejor, mucho mejor, lo corregiríamos.

Leamos y releamos el Padrenuestro, la oración modelo…, que debe ser nuestro modelo de oración. Releámoslo, para aprender del propio Jesús.

El Padrenuestro es, hasta donde nos alcanza la memoria, la única oración de la que Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes deben orar así” o “Cuando oren, digan” (Mateo 6.9 y Lucas 11.2, respectivamente). Sin embargo, a pesar de ello, son muchos los evangélicos que se niegan a usar esa oración en sus actos litúrgicos porque, dicen, se trata de un “rezo católico” (¿!). Lo dicho no necesita ningún ulterior comentario, pues es claro que se prefiere no obedecer a Jesús en virtud del sometimiento a prejuicios personales y grupales.

Pues bien, como perfecta oración modelo, el Padrenuestro nos enseña, respecto del uso de la palabra con la que nos refiramos a la divinidad (“Dios”, “Padre”, “Señor”) que no hay que repetirla innecesariamente. Algo similar encontramos en la mucho más extensa oración de Jesús que registra el Evangelio de Juan y que solemos denominar “la oración sacerdotal” (capítulo 17).

¿No dijo Pablo: “Pues debo orar con el espíritu, pero también con el entendimiento”? (1 Corintios 14.15). Nos parece que “orar con el entendimiento” significa ser conscientes de todo lo que se dice en la oración y no usar palabras o expresiones por rutina, como muletillas, que se repiten sin parar mientes en ellas.

Cuando oremos, conversemos con Dios como con nuestro Padre, que es todo amor.

 

Tres Ríos, Costa Rica

Junio, 2017

 

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