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La moda..., ¿no incomoda?

 

Plutarco Bonilla

 

-7ª parte-

Porque en hebreo/griego…

 

En nuestro idioma –o quizás deba decir “en muchos”– hay palabras a las que los hablantes les asignan un valor sagrado, mágico o cuasi mágico.

En el judaísmo está prácticamente prohibido, desde hace muchos siglos pronunciar el nombre de Dios, con el cual él se había revelado a Moisés (Éxodo 3). No hay certeza absoluta de cómo se pronunciaba dicho nombre, aunque muchos eruditos sostienen que se pronunciaba algo así como “Yavé” (palabra que a veces se escribe como “Yahveh”, para conservar el Tetragrámaton, o sea las cuatro consonantes de que constaba el nombre en la escritura hebrea consonántica). La prohibición de pronunciar el Tetragrámaton se debía a la consideración de tal nombre como tan sacratísimo que los labios humanos (¿del judío piadoso?) eran indignos de pronunciar. Por eso, cuando se leía el texto bíblico ese nombre se leía, y se lee, como “Adonai”, otro de los nombres de Dios en las Escrituras hebreas.

Pero una situación muy distinta es la consideración de alguna palabra que sí se pronuncia, aunque se estime que sí sea sagrada y a la que se le carga no tanto de un significado especial como de una poderosa fuerza psicológica o espiritual. Tal es el caso, por ejemplo, de la palabra “om” en el hinduismo. Se trata de un mantra, palabra que define así el Diccionario de la Real Academia: “sílabas, palabras o frases sagradas, generalmente en sánscrito, que se recitan durante el culto para invocar a la divinidad o como apoyo de la meditación”. Una mezcla de ambos aspectos –o sea, de significado original y de poder añadido– parece reflejarse en la costumbre de algunos predicadores de recurrir a la mención de palabras en alguno de los idiomas en que fueron escritos los libros de la Biblia.

Tal costumbre levanta en nosotros unas cuantas preguntas que son resultado de serias dudas. Tales dudas se desprenden tanto de la experiencia vivida como testigos presenciales de esa práctica como del conocimiento que tenemos de tales predicadores.

**¿Qué sentido tiene mencionar tales palabras en los idiomas bíblicos si a los pocos segundos la mayoría de los oyentes, si no todos, no las va a recordar… o las recordarán mal?

**¿Qué sentido tiene esa práctica si en casi todos los casos cuando hemos sido parte de la congregación hemos comprobado que esas “especiales” palabras hasta son mal pronunciadas?

**Ese hecho, ¿es indicativo de que esos predicadores desconocen aspectos fundamentales de esos idiomas? Y si es así, ¿tiene sentido ese uso que resultaría dañosamente ambiguo y falso? Ambiguo porque, para quien oye y no conoce tales idiomas (la inmensa mayoría, como ya señalamos) sería señal de “conocimiento” (¡y hasta de “sabiduría”); y para quien sí los conoce, señal de ignorancia.

**Mencionar las palabras en hebreo o griego, ¿significa que esas palabras tienen algún poder especial cuando son pronunciadas en esos idiomas?

Si se cree eso, pareciera que a esos términos se les reviste de una especie de poder mágico. Consideramos que en algunos casos eso es evidente. Nos referimos de manera específica a los diversos nombres que las Escrituras hebreas utilizan para referirse a la divinidad.

 

                   Ya no basta decir:                            Ahora hay que decir:

                        Jehová Dios                                      Jehová Elohim

                        Jehová de los ejércitos                    Jehová Sebaot             

                        Jehová mi bandera                          Jehová Nisí

                        Jehová es paz                                   Jehová Shalom

                        Jehová proveerá                              Jehová Yiré

                        Dios todopoderoso                          El Shadai

                

¿Se trata, acaso, de una especie de “abracadabra teológico”?

(Hemos usado la palabra “Jehová” por ser la transcripción característica de la tradición de la Reina-Valera. En las ediciones de Sociedades Bíblicas Unidas, hasta la revisión de 1995, esta incluida).

A fin de cuentas, solo se recordarán esas palabras si llegan a ser parte del nombre de alguna institución educativa o, incluso, comercial (como sucede, en efecto, en Costa Rica). Pero… ¿sabrán su verdadero significado?

**La situación se vuelve más compleja, o problemática, cuando, por seguir sin criterio a ciertos escritores –y, en algunos casos,  a algunos diletantes– el predicador le asigna a cierto término griego, por ejemplo, un significado que realmente no tiene, o un uso que no corresponde a lo que se lee en el texto bíblico. De esto también hemos sido testigos.

Una aclaración viene aquí al caso.

Tiene sentido –y es útil y educativo– que se ilustre la predicación expresando los sentidos de las palabras del texto bíblico. O sea, que un predicador diga, por ejemplo, que la palabra que en nuestras versiones se traduce por “fe”, en los idiomas bíblicos significa “confianza”. Sin embargo, de ahí a pronunciar esas palabras en esos idiomas hay una gran diferencia, y sí que no tiene sentido, por lo que ya señalamos: transcurridos apenas unos segundos, los oyentes no las recordarán. Pero, de todos modos, debe tomarse en cuenta un detalle muy importante: que debe el predicador consultar a especialistas en los estudios bíblicos, para estar seguro de que los significados asignados correspondan a la realidad del uso en la Biblia. Eso es encomiable. No lo es hacer alarde de conocimiento de las lenguas bíblicas (conocimiento que a veces no se tiene…). No nos incumbe juzgar las intenciones de nadie, aunque a veces resulta casi imposible no interpretar las poses que asumen ciertos predicadores –sobre todo, telepredicadores– al hacer eso que criticamos.

Unas notas finales.

Hubo época en la que era frecuente hablar de “lenguas sagradas”. Lo cierto es que no existen tales lenguas…, con excepción, quizás, de esas “angélicas” de que habla el apóstol Pablo. Pero no las conocemos.

Dios, cuando habla, habla para que lo entiendan. Y precisamente por ello, habla en la lengua que la gente a la que dirige sus palabras habla. Cuando se escribe el Nuevo Testamento había en Grecia un movimiento, conocido como “aticismo”, que pretendía que los escritores griegos escribieran como habían escrito los autores de la época clásica. Sin embargo, y a pesar de la impronta que cada escritor del Nuevo Testamento le imprimió a su texto, todos, sin excepción, escribieron en el idioma común, el que hablaba la gente del pueblo, pues sus intenciones eran que los entendieran. Incluso escribieron dejando lagunas (lo que, quizás, correspondería a nuestro uso de los puntos suspensivos) o cometiendo errores en el uso de la lengua (a propósito o no, según se interprete).

Lo único “sagrado” que tienen las lenguas bíblicas radica en el hecho de que en ellas se escribieron los textos que judíos y cristianos consideran sagrados, por el mensaje que en ellos se encierra. Las lenguas en que se transmitió ese mensaje son humanas, profundamente humanas.

Algunas personas que solo conocían el griego clásico, cuando comenzaron a estudiar el Nuevo Testamento en el idioma en que fue escrito pensaron que ese griego era un “griego especial”, inspirado por el Espíritu Santo precisamente para escribir esos “textos sagrados”. Pero no, no se trataba de eso, sino de que los diversos autores, cada uno con su vocabulario propio y con su propio estilo, utilizaron la lengua que hablaba el pueblo de aquella época y en aquellas regiones. No la lengua de los literatos antiguos.

En fin, que no hay lenguas sagradas.

¡Ojalá todos los predicadores tuvieran conocimiento de las lenguas bíblicas o, al menos, de una de ellas! Pero no para hacer alarde de ello desde sus púlpitos, sino para enriquecer e ilustrar sus predicaciones.

Sin embargo, hay que lidiar con el hecho de que, al menos en nuestro contexto, son muy pocos los pastores y predicadores que han tenido, o tienen, acceso a una formación que los provea de esa herramienta.

De ahí que ellos deben ser los primeros en reconocer esa limitación, para no inducir a error a su congregación y para no hacer el ridículo ante algunos de sus oyentes.

 

Tres Ríos, Costa Rica

Mayo, 2017

 

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Plutarco Bonilla
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