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La moda..., ¿no incomoda?

 

Plutarco Bonilla

 

-6ª parte-

El uso del texto bíblico

 

En la presente nota trataremos primariamente un tema al que ya nos hemos referido de manera parcial en otras de las notas precedentes.

Veamos algunos casos, de los cuales quien escribe ahora estas líneas ha sido testigo como parte de la congregación en que los hechos ocurrieron.

**Aunque suele recomendarse que no se haga, comencemos con algo que consideramos muy negativo: en un culto evangélico, se lee un pasaje de las Escrituras inmediatamente, o casi inmediatamente, antes del sermón. Y luego, en este no se lo toma en cuenta, ni en forma directa ni indirectamente.

Como consecuencia, la pregunta surge al momento: ¿Para qué se leyó ese texto? ¿Para “llenar un hueco” en el orden del culto? ¿O será para cumplir de manera rigurosa con lo establecido en el esquema litúrgico? ¿O para…?

**Sigamos: Se lee un pasaje bíblico completo (una perícopa) y en el sermón el predicador se dedica a explicar solo el último  versículo sin vincularlo en ningún momento con el texto del cual es parte integral.

Lo anterior resulta aún más problemático cuando eso se hace con un texto narrativo, ya sea de algún acontecimiento o de una parábola.

**A lo largo del sermón, el predicador cita innumerables versículos bíblicos, tanto del Primer Testamento como del Nuevo, y da las referencias respectivas. En una ocasión contamos más de treinta citas de ese tipo.

En todo este panorama descubrimos, según nuestro leal saber y entender, algunos errores fundamentales.

Veamos.

(1)   Al mencionar en un sermón la referencia bíblica del texto que se cita, lo que se logra es distraer o confundir al oyente, pues si intenta encontrarla en su Biblia dejará de prestar atención a lo que el predicador haya continuado diciendo y perderá así al menos esa parte del hilo del sermón.

(2)   ¿Quiénes –o si se quiere, cuántos– recordarán al terminar el acto litúrgico las referencias mencionadas?

(3)   Incluso esto que acabamos de afirmar no deja de ser extraño, pues en nuestros cultos son poquísimas las personas –por lo general, ninguna– que se preocupan por tomar notas durante las predicaciones.

En muchas de nuestras iglesias evangélicas se hace una clara distinción entre “predicación” y “estudio bíblico”. Dejaremos por lo pronto de lado el hecho de que lo que muchos denominan “estudio bíblico”, no es, en sentido estricto, un estudio bíblico que hacen los congregados, sino el que hizo el pastor o líder, quien luego lo expone a los demás como si se tratara de otro sermón. Y ellos, los miembros de la congregación, lo reciben pasivamente. De todos modos, es posible que en los estudios bíblicos quien los dirija haga las pausas necesarias para que los participantes tomen nota de lo que consideren de interés (incluidas las referencias que se mencionen). Pero lo normal es que no se haga eso durante la predicación.

Hay miembros de la congregación que han introyectado este “divorcio” entre predicación y estudio bíblico hasta el punto de desear que no se haga ningún cambio en esa diferencia de procederes.

Una anécdota personal ilustra esto que acabamos de decir. Hace muchos años me invitaron a predicar en la iglesia de la que soy miembro. Debía, en efecto, tener a mi cargo la predicación en los dos cultos (matutino y vespertino) de un mismo domingo. Escogí, para la predicación matutina, el texto de Romanos 12, con la idea de concentrar la reflexión en la introducción del texto (primeros versículos) que sirve a modo de puente entre lo anterior (capítulo 11) y el resto del capítulo 12.

En el culto vespertino, cuando llegó el momento del sermón ocupé el púlpito y leí de nuevo el texto de Romanos 12. Luego, abandoné el púlpito y me coloqué casi en el centro de la “plataforma”. Y dije más o menos lo siguiente: “Esta mañana tuve el privilegio de predicar sobre este mismo texto. Y aunque algunos de ustedes no estuvieron en el culto, lo que yo quisiera hacer ahora es que juntos dialoguemos sobre estas palabras del Apóstol Pablo”.

Dicho… ¡y hecho! Pero lo hecho no tenía nada que ver con estudiar el texto bíblico propuesto. Tuvo que ver, más bien, con el hecho de que, al instante, una pareja se levantó y se ausentó, alegando que “eso” no era “predicación” (o sea, la que ellos esperaban).

Esa “fuga” no me molestó, pues no obligo a nadie a escucharme. ¡Ya lo hice con mis hijos cuando eran pequeños…! Lo que sí me preocupó, y me sigue preocupando, es que la actitud de aquellos “fugitivos” fue probablemente reflejo de lo que sucede con muchos otros…, que no se atreven a huir: revela, por una parte, que muchos evangélicos tienen la sana costumbre de leer las Escrituras, pero pocos son los que de verdad las estudian; y por otra, que aquellos y muchos otros preferían “oír” (¿o será solo “escuchar”?) y ahorrarse así el esfuerzo de tener que pensar por sí mismos, dejando esa tarea al expositor, quien la haría por ellos.

Volvamos al hecho de las repetidas citas bíblicas con indicación de las referencias respectivas, pues, aparte de lo dicho, también manifiesta que ahí hay “mar de fondo”.

Lo hay porque tal práctica muestra a las claras un evidentísimo mal uso del texto bíblico y una no menos mala comprensión de lo que hace que un determinado sermón sea realmente bíblico.

Vamos con lo primero:

La costumbre de llenar un sermón de referencias bíblicas va siempre de manera inevitable unida a dos otros aspectos que están íntimamente relacionados: (1) se citan, en casi el ciento por ciento de los casos, versículos aislados, desconectados por completo de los contextos que les son propios, a los que ni siquiera se hace alusión; y (2), consecuentemente, la genuina exégesis bíblica brilla por su ausencia, como lo expresa con claridad meridiana el conocido y casi manido dicho: “Todo texto sacado de su contexto no es más que un pretexto”, pretexto para apoyar lo que uno quiera afirmar. Me lo dijo, con otras palabras, en los ya lejanos últimos años de mi adolescencia (o primeros de mi juventud) quien fue mi primer profesor de griego, católico practicante él: “Bonilla, con la Biblia en la mano uno puede probar que el café es mejor que el chocolate”. Metáfora hiperbolizada, pero que encierra una gran verdad cuando el texto bíblico se utiliza, divorciándolo de su contexto, para sostener las ideas propias que uno tenga.

Y lo segundo:

¿Es verdaderamente bíblico un sermón cuando no se hace exégesis del texto bíblico que se ha usado o que se ha pretendido usar como base de la predicación? La abundancia de citas de la Biblia, ¿convierte en bíblico el sermón?

Creemos que no. Y lo consideramos así porque algunos de los sermones más pobres y antibíblicos que he escuchado han salido de labios de predicadores que citaban textos bíblicos a troche y moche, sin detenerse en ninguno de ellos para interpretarlo adecuadamente. Y, casi al contrario, algunos de los sermones más bíblicos de los que he sido testigo los predicaron pastores que tomaron un pasaje bíblico, “pelearon” con él y, como Jacob-Israel con el Ángel del Señor, no lo abandonaron hasta que les dejó su bendición. Entonces, solo entonces, esos predicadores transmitieron a su congregación esa misma bendición. Todo ello sin necesidad de estar esparciendo textos bíblicos a lo largo de treinta minutos o de una hora.

En nuestra opinión, eso es lo que hace que un sermón sea verdaderamente bíblico. Eso es lo que necesita el pueblo de Dios y todos aquellos que quieran escuchar, en nuestras iglesias, palabras de sabiduría bíblica.

Tres Ríos, Costa Rica

Mayo, 2017

 

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Plutarco Bonilla
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