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La moda..., ¿no incomoda?

 

Plutarco Bonilla

 

-5ª parte-

Dígale al que está a su lado…

 

Aunque quizás no esté tan extendida como las anteriores, eso que hemos calificado de “moda” se manifiesta también en la práctica de algunos predicadores de pedirles a sus congregados que repitan algo. Ese “algo” suele ser una palabra o alguna frase. Por lo general, dicha palabra o frase no es más que la palabra o frase que el predicador ha pronunciado inmediatamente antes. Con bastante frecuencia, si no siempre, es algo insubstancial que no es necesario que la congregación repita, pues de ello ya se ha hecho cargo el propio predicador… ¡y hasta la saciedad!

En el proceso educativo, la repetición juega un papel importantísimo. Pero como suele suceder en la mayoría de los casos, si es verdad que “lo que abunda no daña”, también lo es que lo que sobreabunda, y en exceso, puede producir hastío… y hasta repugnancia.

Fastidio es lo que producen esos predicadores que repiten y repiten algo hasta la necedad ‒o sea, tozudamente‒ y luego les pide a los demás que también repitan lo mismo.

El colmo se da cuando, en una de las tantas frases que hay que repetir, casi obligan, por su insistencia, a que la gente hable hipócritamente. Eso sucede, en efecto, cuando casi de manera impertinente el predicador pide así: “Dígale a la persona que está a su lado que la ama”. Consideramos que esta práctica es una posible invitación a la hipocresía porque, con demasiada frecuencia, quien repite la frase no tiene ni idea de quién es la persona que tiene a su lado, aunque la haya visto muchas veces: no sabe su nombre; no sabe en qué trabaja; no conoce sus penurias ni sus alegrías; ni tampoco a su familia. Peor aún: incluso es muy posible que si a los días se cruza en la calle con esa perdona…, ni la salude por no reconocerla.

¿Qué se persigue con esa moda? ¿Se ama de verdad a una persona con la sencilla acción de decirle que se la ama? ¿Es el amor un simple sentimiento que puede reducirse a unas pocas palabras? ¿Se trata de una especie de abaratamiento del verbo “amar”… o del amor mismo? ¿No es lo mejor expresar el amor en acciones concretas que, incluso sin palabras, lo hagan patente?

Si le digo a la persona sentada a mi lado en una actividad litúrgica que la amo, y luego ni tengo ni muestro interés alguno por su bienestar, ¿la amo de veras?

No se nos malinterprete. Si de verdad amo a una persona y me preocupo por ella, no solo es agradable, oportuno y muy bueno decirle que la amo, sino hasta saludable, tanto para la persona que ama como para la amada. Ello es así porque en estos casos se trata de verbalizar lo que las accionen muestran. Y la palabra juega un papel muy importante en las relaciones humanas y en la expresión de la afectividad.

Es obvio que la crítica que hacemos en los párrafos que preceden al inmediatamente anterior nada tiene que ver con lo que acabamos de aclarar.

Pero volvamos a aquello: la repetición de palabras o frases por un colectivo humano  ‒y más cuando tal repetición es solicitada enfáticamente por el dirigente de turno‒ pareciera tener como propósito principal el azuzar las emociones del auditorio. Y eso se hace, como en las campañas políticas o en las manifestaciones de protesta, a expensas de la capacidad reflexiva que permita sopesar el valor y comprender el sentido de aquello que se esté diciendo o que se esté pidiendo que se repita o haga.

Y sorprende, de nuevo, lo que ya hemos apuntado, y destacado, en otras de las breves reflexiones de esta serie: la actitud borreguil, o cuasi borreguil, de muchos de los congregados que,  de manera mecánica, como si fueran autómatas, recitan a coro lo que “el pastor” o quien esté allá al frente les haya pedido que reciten. Y si a la persona que tienen a su lado, a quien le han dicho que la aman, no la conocen, después seguirán sin conocerla, pues ni siquiera se les había ocurrido preguntarle por su nombre ni presentarse ellos mismos.

En fin, que el pastor se siente feliz con su manada (aunque se suavice el lenguaje hablando, más bien, de “grey”).

Nos preguntamos: ¿Qué pensará y sentirá de todo esto el “Gran pastor de las ovejas” (Hebreos 13.20), el “Pastor principal” (o “Príncipe de los pastores”: 1 Pedro 5.4)?

A fin de cuentas, es él quien juzga y quien tendrá la última palabra. Y entonces, sin necesidad de que se  nos azuce, todos diremos: “¡Amén!, ¡Aleluya!”. Y cantarán así los redimidos:

 

¡Amén!

La bendición, la gloria,

la sabiduría, la acción de gracias,

la honra, el poder y la fortaleza

sean de nuestro Dios

por los siglos de los siglos.

¡Amén!

 

Tres Ríos, Costa Rica

Mayo, 2017

 

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