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REFLEXIONES DE UNA REPORTERA INVOLUNTARIA


El otro día me sucedió algo que se va haciendo frecuente en nuestro mundo, cada vez más saturado de dispositivos capaces de capturar la realidad del momento: me convertí en una reportera involuntaria. Aprovechando que el día de Andalucía uno de los museos hacía jornada de puertas abiertas (vamos, que se entraba gratis), por la tarde bajé hasta el centro a visitarlo. Como después pensaba intentar sacar algunas fotos bonitas del puerto por la noche, metí mi cámara digital en el bolso.

Estuve en el museo, y después me encaminé al puerto. Por el centro había sentido algunas ráfagas de aire frío, pero el viento cesó y quedó una noche primaveral. Por la suavidad de la noche había muchas personas caminado en la zona de paseo llamada El palmeral de las sorpresas. Pero yo quería bajar primero a donde amarran los barcos, en un plano inferior al palmeral, para hacer mis ansiadas fotos, y así lo hice.

Entré hacia la izquierda y en primer lugar vi lo que me pareció un crucero pequeño, al que un señor equipado con una cámara profesional le estaba haciendo fotos. Como yo lo que pensaba era en mis vistas nocturnas, en un primer momento pasé de largo. Eché varias fotos a las aguas calmadas pinceladas de destellos plateados, presididas por la Farola. Cuando volvía, me di cuenta de que a la izquierda del barco amarrado, por ser las luces más abundantes y de un tipo diferente, el mar era un espejo de bronce que le daba reflejos dorados. Por ello, hice dos fotos, una con aumento y otra sin él, del barco con el lado derecho en penumbra, y el izquierdo con una banda de luz dorada. Era consciente de que la falta de luz le había restado definición a las imágenes, pero me parecieron interesantes. Al llegar a su altura, vi al señor guardando la cámara. Subí al palmeral, saqué un par de fotos a la fuente luminosa, y después volví a mi casa. Aquella noche descargué las fotos en el ordenador, y creí que todo había quedado en unas fotos nocturnas, unas con mayor y otras con menor fortuna.

Pero al día siguiente me llevé la sorpresa. Casi sin darme cuenta, salió en televisión, en las noticias de Andalucía, un barco que me pareció que era el que yo había fotografiado. Un rato después busqué más datos en la red, y en la edición digital de un periódico local encontré lo que buscaba. El artículo estaba presidido por una foto diurna (perfectamente realizada), de dicho barco. El artículo decía que era el yate de súper lujo de Paul Allen, el socio de Bill Gates, ya saben, el multimillonario de la era digital. Por el mal tiempo de su próximo destino, estaba amarrado en el puerto de Málaga, mientras  le realizaban tareas de mantenimiento. Comparé mis fotos con la del artículo, y aunque la perspectiva y la iluminación eran diferentes, era el mismo barco. Había detalles que no dejaban lugar a dudas, y todavía lo recordaba. La casualidad me había convertido en una reportera involuntaria de su paso por Málaga.

Mientras ultiman la puesta a punto de ese caro juguete de un multimillonario, la realidad es bastante diferente para muchas personas que viven no demasiado lejos de donde está atracado. Las riquezas ponen destellos dorados donde llegan, pero no alcanzan a iluminar las sombras de quienes no tienen ni para el pan. En España, la crisis ha disparado las cifras de la pobreza, y ha aumentado la brecha entre ricos y pobres. Andalucía es la tercera región con más pobreza de España. Supongo que con la intención de crear algunos puestos de trabajo, se está intentando atraer a la Costa del Sol al turismo de lujo, algo que al menos en parte parece que están consiguiendo. Pero yo sé muy bien las cosas que nunca les enseñarán a nuestros ilustres turistas de súper lujo. Entre tanto, nos quieren hacer creer que la forma de salir de la crisis es retirarles el flotador a quienes se están ahogando. De manera que pretenden que los naturales de la Costa del Sol nos acostumbremos a ver por un lado el lujo más extremo, y por otro la pobreza más absoluta.

Esto es de locos.


Mª Auxiliadora Pacheco

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Mª Auxiliadora Pacheco Morente

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