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PIERDO LOS PAPELES

Pierdo los papeles. No lo puedo evitar. Me sublevo o me da la risa al ver los extremos a los que llegan algunos comentaristas bíblicos con tal de defender la visión de la mujer que ellos tienen. Y los silencios culpables de muchas iglesias sobre lo que se sabe de cierto en este tema.

Me parece patético que se diga que Dios dio a Adán el dominio de la Tierra, cuando la Palabra dice muy claramente que se la dio a Eva juntamente con Adán (Génesis 1:28). Es más, Dios no otorgó el dominio de la Tierra hasta que Eva fue creada. Y cuando se dice que le dará a Adán una “ayuda idónea” (Génesis 2:18), la palabra hebrea realmente significa una colabora con capacidades complementarias. Es decir, es una compañera de servicio, con una labor que realizar de la misma importancia que la de Adán. La exclamación de Adán en Génesis 2:23, en nada menoscaba a la mujer, al contrario, resalta su igualdad. Quienes dicen que Adán tenía un rango superior al de Eva porque fue creado primero, pasan por alto que siguiendo este argumento, los animales serían superiores al ser humano, pues fueron creados antes que la Humanidad. Pero el sambenito de ser las mujeres solamente la “ayuda idónea” de los varones, en el sentido de que su valor o capacidades son inferiores, está muy arraigado en las iglesias, y no hay apenas quienes lo desmientan. Es el principal de los silencios culpables sobre este tema. Le sigue que el dominio del varón sobre la mujer surgió como consecuencia de la Caída y el Pecado, no de algo que estuviera allí antes (Génesis 3:16). Es más, en la penosa escena que sigue a la Caída, cuando Dios pregunta sobre lo sucedido, Adán llama a Eva “la mujer que me diste por compañera” (Génesis 3:12). No la llama “la mujer que me diste” como si fuera de su propiedad.

Me parece fuera de toda lógica que se niegue que el rey Asuero estaba entre algo piripi y borracho, es decir, que no estaba con su mente despejada, y que se encontraba rodeado de borrachos  y aduladores en una fiesta que tenía más de jarana que de otra cosa. Y que se niegue que convocar a esa fiesta a la reina Vasti  era una grave ofensa según las costumbres de esa época, que todavía persisten en ese lugar del mundo (Ester 1:10-20). Todo con tal de afirmar que las mujeres tenemos que obedecer a los hombres, ya puedan ser todo lo inoportunos o irrespetuosos que pueda imaginarse. En las culturas orientales, de las que se derivó la cultura árabe, existe una gran separación entre hombres y mujeres. Las mujeres, sobre todo las casadas,  se mantienen aparte y hacen fiesta con las demás mujeres. Se considera totalmente indecente que una mujer casada se presente en una fiesta de hombres. Por lo tanto, la reacción de Vasti fue la que cualquier mujer honesta habría tenido. De haber estado Asuero en todo su juicio se habría abstenido de convocarla. Y de no ser por su orgullo, la bebida, y estar rodeado de aduladores, habría disculpado su comportamiento.

Y sobre los silencios culpables relacionados con el papel de la mujer en la iglesia del Nuevo Testamento y tiempos cercanos, se puede escribir un libro. Por ejemplo, que como en esa época no había templos, las reuniones se hacían en las casas, y que muchas de esas reuniones eran dirigidas por mujeres, es decir, eran pastoras de casas. Una de las que se pueden citar es a María la madre de Juan Marcos (Hechos 12:12).

Otro, es el relacionado con 1ª de Timoteo 5:1-16. Cuando se habla de este texto, lo que solamente dicen los autores de comentarios bíblicos, es que uno de los motivos de ser tan exigentes y restrictivos en elegir a las viudas mantenidas por la iglesia, es que llegó a haber una orden de viudas presbíteras. Estas viudas mayores, eran auténticas pastoras de mujeres y de huérfanos. Se dice que Tabita (Hechos 9:36-41) era una de ellas. Su fe demostrada y su experiencia personal las capacitaban para dar consuelo y acompañamiento a las mujeres que habían sufrido pérdidas y a sus hijos. También podían ser excelentes consejeras para las mujeres jóvenes. Era una orden diferente de las diaconisas, pues sobre ambos ministerios hay instrucciones separadas en los escritos de los primeros cristianos. Las que eran admitidas al presbiterio femenino adquirían gran dignidad, pero también se les exigía mucho. Su dedicación a esta labor debía ser completa, y no debían volver a casarse. Esta lista de viudas no era pues simplemente una lista de mujeres necesitadas. Era también la entrada a un ministerio de gran dignidad, y de gran responsabilidad y dedicación.

Nunca he escuchado predicar o enseñar así sobre  este pasaje. Confieso que es algo que he descubierto por mi cuenta, y casi por casualidad. No puedo evitar pensar sobre los motivos de por qué es algo tan desconocido. Pero es solamente otro de los silencios sobre la relevancia del papel de la mujer en la iglesia primitiva. Unos silencios que ya va siendo hora de ir rompiendo.


Mª Auxiliadora Pacheco

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Mª Auxiliadora Pacheco Morente

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