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PERSONAS, NO INMIGRANTES

Mª Auxiliadora Pacheco Morente

 

Amaréis, pues, al extranjero, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. Deuteronomio 10:19.

 

No hace mucho, tuve una semana en la que me sucedieron algunas cosas peculiares con inmigrantes. Cosas que creo que dan para pensar. El primero de esos días, para volver a casa, intenté pagar mi viaje de vuelta con una tarjeta de autobús. Esa tarjeta me estaba fallando, y por no tener ocasión de ir a cambiarla a la oficina de la empresa de transporte, había comprado otra que tenía reservada para cuando no funcionara la primera. La tarjeta volvió a fallarme, aunque intenté colocarla dos o tres veces sobre la máquina encargada de hacer el cobro. Iba a sacar la segunda tarjeta, cuando sucedió algo que en ese momento me dio vergüenza. Un inmigrante de apariencia eslava se acercó creyendo que no tenía para pagarme el viaje, y se ofreció a pagármelo. Yo se lo agradecí, le expliqué que tenía otra tarjeta, que fue con la que pagué mi trayecto finalmente. Él, un joven extranjero, llegado de cualquiera sabe dónde, preocupándose porque yo, una natural del país de su exilio, no tuviera dinero para pagarse el autobús.

La cosa no acabó ahí. Al día siguiente fui al centro de compras y me sucedió algo bastante frecuente: me pasé algo comprando y me dirigí hacia la parada bastante cargada. Para complicarlo más, con las obras para el metro, la distancia desde el mercado ha aumentado. Dos jóvenes musulmanas me vieron llevar con trabajo un par de cestas y se ofrecieron a ayudarme. También sentí vergüenza esta vez, porque una es así, pero acepté su ayuda. Así que me llevaron las cestas hasta la parada, les di las gracias, y siguieron su camino. Recordé que en su cultura está muy arraigado en los jóvenes el respeto a las personas de más edad. También están arraigados entre las mujeres la responsabilidad en el trabajo y las tareas en grupo realizadas por varias mujeres.

Las personas somos muy dadas, y más en estos tiempos, a dejarnos llevar por prejuicios. Los que vienen de fuera, y más si son de otras creencias, son los extraños, vienen a complicarnos la vida a los naturales. Pero es necesario recordar que por encima de cualquier otra cosa, son personas como nosotros. Que hay cosas en las que tienen mucho que enseñarnos, y deberíamos prestarles atención en lugar de descartar de entrada que tengan algo que aportarnos.

En el caso de España, parece destinado a ser un país de mareas. Unas veces esas mareas llevan fuera a las gentes de España, y otras veces nos traen personas de otras naciones. Así ha sido desde tiempos inmemoriales, pero tenemos tendencia a olvidarlo. Pasamos por alto que la uniformidad que nos caracterizó durante la última etapa de nuestra historia fue artificial, conseguida a base de expulsar y perseguir al diferente, a quien se negaba a entrar en la horma establecida por gobiernos intolerantes y dictatoriales.

Todos los cristianos somos ciudadanos del cielo, y por lo tanto, extranjeros en esta tierra, peregrinos que vamos en busca de la patria celestial (Hebreos 11:13). Todos somos personas, de un mismo valor ante los ojos de Dios, como nos muestra la Escritura en muchos pasajes. Deberíamos reflexionar sobre estas cosas, y recordarlas a la hora de tratar con nuestros vecinos inmigrantes.

 

Mª Auxiliadora Pacheco

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