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PERSONAJES BÍBLICOS 5

 

Mª Auxiliadora Pacheco Morente

 

JEREMÍAS: NO SOY LA PERSONA ADECUADA

 

Jeremías era hijo de Hilcías, uno de los sacerdotes que vivían en Anatot (Jer. 1:1). Debido a ello, en lo concerniente al servicio del Señor, Jeremías solamente esperaba cuando tuviera la edad necesaria, poder realizar el mismo trabajo de su padre, relacionado con el sacerdocio tradicional según se le describe en la ley de Moisés. Pero el Señor quería darle una tarea diferente, llamarlo como profeta, como alguien que diera sus palabras al pueblo.

Antes de que naciera, Dios lo había conocido, y lo había escogido como la persona idónea para llevar sus palabras a su pueblo, en ese momento determinado de la historia. Cuando se busca un trabajo, o se quiere realizar una tarea que exige responsabilidad, muchas personas buscan alguien que los avale, que los respalde, lo que vulgarmente se llama “que les dé una recomendación para tal trabajo”. Él recibió la mayor recomendación que podría recibir cualquiera, el aval del propio Dios.  Pero Jeremías en ese momento era todavía muy joven, por lo que se veía incapaz de hacer lo que Dios decía (1:4-6). Para la sociedad de ese tiempo, todavía no había llegado a la edad de que hiciera nada importante. El señor le respondió que lo comisionaría como profeta, y que pondría sus palabras en su boca. Tampoco debería tener miedo de lo que pensaran o pudieran hacerle los demás, porque Él estaría a su lado para protegerlo (1:7-8).

Dios entonces hizo algo más, tocó su boca como señal de que le daba la unción, de su Espíritu para ser su profeta. Desde ese momento lo delegaba como representante suyo para hablar sobre naciones y reinos, para denunciar lo abominable y para sembrar lo bueno y agradable a sus ojos (1:9-11). Para demostrarlo, le reiteró que Sus palabras se cumplirían, y le mostró los juicios que vendrían sobre Israel por haberle dejado para adorar a otros dioses (1:12-16).

La idolatría, lo peor que podría haber hecho Israel después de haberlo llamado como pueblo de Dios, de haberlo librado de los egipcios y de muchos otros pueblos, se había hecho algo cotidiano. Se habían vuelto un pueblo duro de corazón para escuchar las palabras del Señor, y nada dispuesto a escuchar a quien les denunciara sus pecados. Es más, no era extraño que fueran violentos con quien se atreviera a denunciarles sus maldades.

Por ello Dios le ordena que sea diligente y esté preparado para hablar al pueblo todo lo que le mande. Debía hablar sin temor todo lo que Él le dijera, sin omitir nada. Dios sabía perfectamente que a Jeremías le tocó profetizar en una época muy difícil. Que la mayoría no le escucharía, que muchas veces intentarían acabar con su vida. Por eso le puso como ejemplo las cosas más fuertes que existían en su tiempo, y le dijo que sería como una de ellas. Él siempre estaría a su lado y le protegería (1:17-19).

Alguien tan joven como para llamarse a sí mismo “un niño” fue ungido por Dios como profeta en una de las épocas de mayor dureza del pueblo de Israel. Dios puede llamarnos a hacer cosas para las que nosotros mismos nos vemos completamente incapaces. Pero Él es quien nos llama y nos capacita, y debemos ser lo suficientemente sensibles como para escuchar su voz. Pero aunque no tengamos ningún llamado especial, debemos aprender de Jeremías a tener la valentía de llamar a las cosas de este mundo como Dios las llama. Esta época también es una época dura para decir la verdad, la gente no quiere escucharla, nuestros fallos y debilidades nos acusan. Pero Dios nos llama a ser luces suyas, a cumplir con la tarea que nos ha mandado, y nos ha  prometido que siempre estará con nosotros (Mt. 28:18-20).

Jeremías nos lleva a meditar en varios asuntos. ¿Hay alguien que no pueda trabajar en la obra de Dios? ¿Pensamos que estamos capacitados para hacer la obra de Dios? ¿Cuáles son nuestros mayores impedimentos para hacer lo que Dios quiere que hagamos?

 

Mª Auxiliadora Pacheco

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