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PERSONAJES BÍBLICOS 4

 

Mª Auxiliadora Pacheco Morente

 

ANA: ORAR CON FE

 

Al final del tiempo de los jueces, hubo un varón israelita llamado Elcana, que según datos aportados por la Escritura, era levita (1 Cr. 6:33, 44). Era un hombre piadoso, pues sin falta iba todos los años a adorar a Dios a Silo, donde en aquel tiempo estaban el tabernáculo y el arca de la alianza, a pesar de que el comportamiento de los sacerdotes en esa época no era precisamente ejemplar, como se narra en el capitulo dos.

Este hombre, aunque piadoso, se había dejado llevar de una costumbre al parecer muy extendida en esa época en Israel, y había tomado dos mujeres. La historia de los primeros patriarcas, que ya era conocida por haberla escrito Moisés, ya hablaba de las disensiones domésticas que tuvieron los que tomaron más de una mujer, como Abraham y Jacob. Elcana desoyó las advertencias contenidas en la Escritura, y su comportamiento no hizo más que agravar la situación, al dar un trato diferente a sus mujeres. Penina le había dado hijos e hijas, pero ocupaba un lugar secundario en el corazón de Elcana. Ana, aunque estéril, era su favorita. Cuando subían a adorar a Silo, Elcana mostraba sus sentimientos de una forma ostentosa. Después de que el sacerdote ofreciera el sacrificio y se llevara su parte, Elcana se llevaba el resto para preparar el banquete familiar. Entonces repartía su parte a Penina y a sus hijos. Pero a Ana la trataba como a un invitado distinguido según las costumbres de la época (1 S. 1:4, 5). El comportamiento de Elcana no fue prudente, pero el de Penina fue abominable, haciéndole pagar esta preferencia de la forma más desconsiderada, sin que le sirvieran luego de consuelo las  palabras de Elcana (1 S. 1:6-8).

Ana se encontraba en gran angustia. No podía tener hijos, y era atacada por Penina. Pero en lugar de dejarse llevar por la amargura y la desesperación, clamó a quien podía actuar en su vida. Mientras aún estaban en Silo fue al tabernáculo, a la parte donde los israelitas comunes podían orar, y allí derramó su alma ante el Señor (1:9-11). Fueron tales su emoción y sus lágrimas, que el sacerdote Elí, que estaba en ese momento vigilando el tabernáculo la tomó por borracha. Al responder Ana de forma humilde y coherente, entendió lo que había hecho, y la bendijo (1:12-17). Después de orar, Ana desechó la tristeza, teniendo la certeza de que había sido escuchada (1:18).  Ana oró con fe, y fue escuchada (1:19). Algo imposible de solucionar en ese tiempo, fue arreglado por Dios.

Como Ana había ofrecido a Dios el niño que tuviera, con el consentimiento de Elcana fue llevado al templo al servicio del Señor apenas destetado (1:20-28). Ana alabó al Señor con un bello cántico en que se cuenta como obra Dios a favor de los que claman a Él, y dejó al niño con Elí (2:1-11). Elí, viendo lo sucedido, bendijo a Ana y su marido, deseándole más hijos en lugar del que había dedicado, y su bendición fue ungida por el Señor y Ana tuvo otros hijos (2:20, 21). Cuando su hijo creció, fue el profeta Samuel.

Dios nos pide hoy que cuando tengamos cualquier necesidad, la llevemos ante Él. A veces, para conseguir sus propósitos tenemos que pasar por un sendero de sufrimientos antes de ver la luz. Pero Él siempre está con nosotros, y tenemos que clamar a Él con la certeza de que nos concederá aquello que esté dentro de Su voluntad, y en lo que nos diga no, no nos dejará desamparados. Y nunca hemos de perder la fe.

La experiencia de Ana nos plantea: ¿Cómo es nuestra fe, grande o pequeña? ¿Estamos dispuestos a pagar el precio necesario para obtener una respuesta? ¿O nos falta perseverancia?

 

 

Mª Auxiliadora Pacheco

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