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LA JUSTICIA SOCIAL EN LA BIBLIA
(32ª Parte)


Mª Auxiliadora Pacheco Morente

II: EL NUEVO TESTAMENTO


2. La justicia (I)
 

Propia de Dios

 

No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre.  Jn. 5:30.

 

Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie. Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió, el Padre.  Jn. 8:15-16.

 

En estos versículos del evangelio de Juan Jesús declara como es la justicia de Dios. Cuando estaba cumpliendo su misión en la Tierra, Jesús no hacía nada por sí mismo. Esto incluía el juzgar. Jesús podía haber juzgado por su propia cuenta, como el Hijo de Dios encarnado que era, pero en este aspecto también eligió someterse al Padre. No buscaba su voluntad ni lo que más le beneficiara. El recibía los juicios que emitía el Padre, y así los declaraba después. Por eso pudo reprocharle a sus contemporáneos que juzgaran según criterios humanos, no espirituales. También les declara a los judíos que sus juicios son válidos según su ley. La ley requería un mínimo de dos testigos para acusar de un delito. Él no estaba solo, como pensaban, estaba con el Padre. Por lo tanto, se daban los dos testigos requeridos por la ley judía, y tenía derecho a que sus juicios fueran tenidos en cuenta.

Jesús por tanto está dando ejemplo de juicios justos. Está dando los principios de una justicia recta: no buscar los intereses propios, juzgar de acuerdo con unas normas justas y con testigos fiables. Felices los pueblos cuyos jueces se rigen por estos principios.

Esto es demostración del justo juicio de Dios, para que seáis tenidos por dignos del reino de Dios, por el cual asimismo padecéis.

 Porque es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron (por cuanto nuestro testimonio ha sido creído entre vosotros). 2 Ts. 1:5-10.

 

Pablo dirige estas palabras a los creyentes tesalonicenses, que estaban siendo perseguidos. Además de darles consuelo, quiere enseñar que en medio de una situación que se podía considerar que no era normal, los creyentes padeciendo de mano de paganos incrédulos, Dios muestra su justicia.

Dios era el mismo y continuaba siendo justo, y sus juicios continuaban dándose a conocer. En ellos, los juicios de Dios se manifestaban en que permitía la tribulación para que fueran perfeccionados, y mostraran su fidelidad. Ya habían sido salvados, pero quedaban imperfecciones que quitar. Cuando llegara el momento en que Dios juzgara al mundo, ellos entrarían en su reposo.

En cambio, para los que no creyeron, para los perseguidores, ese día será de condenación. Aunque durante esta vida hay muchas cosas al revés, con los impíos disfrutando, y creyentes y gente humilde padeciendo, el juicio de Dios se hará efectivo. Dios, por tanto, es justo.

 

Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.  2 Ti. 4:8.

 

Pablo, en esta carta de despedida a Timoteo, expresa su fe y su confianza en Dios. Había sido condenado por jueces injustos, pero él confiaba en la justicia divina. En contraste con esos jueces, Dios es un juez justo. Según su justicia, cuando llegara ante Él, sería recibido por la gracia de Cristo. Al igual que un atleta de esa época después de haberse esforzado para ser el vencedor recibía una corona o guirnalda, él también recibiría la suya de parte de Dios al final de su carrera como creyente. Todos los que aman al Señor también recibirán la suya. A él le tocaba experimentar en carne propia lo que expresó a los creyentes de Tesalónica. En esta vida sería primero atribulado y después muerto, pero en la futura se le haría justicia. Por lo tanto podía llamar a Dios juez justo sin titubear.

 

Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu. 1 P. 3:18.

 

Pedro expone el ejemplo de Cristo para los creyentes, como muestra de padecer por hacer el bien. Cristo, siendo justo, sufrió el castigo que nosotros merecíamos, para llevarnos a Dios. Fue muerto en su cuerpo mortal, pero después resucitó. Es decir, después de padecer siendo justo, fue justificado por la justicia divina.

Esto debe servir de ánimo para los creyentes en pruebas. Dios es justo y a su tiempo hará ver su justicia.

 

También oí a otro, que desde el altar decía: Ciertamente, Señor Dios Todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos. Ap. 16:7.

 

En Apocalipsis uno de los temas principales es que Dios es justo y sus juicios son verdaderos y justos. Confirma lo que los demás apóstoles ya habían dicho antes en las epístolas. Aunque por un tiempo los creyentes sufran y sean muertos por los perseguidores, Dios ejecutará sus juicios sobre el mundo y los perseguidores. Su justicia queda por tanto fuera de toda duda.

 

Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Ap. 19:11.

 

En su venida, Cristo viene victorioso a juzgar al mundo, y a terminar con la persecución de su Iglesia. Viene a ratificar lo que ya afirmaba en la Tierra, que sus juicios son verdaderos. Por un tiempo los ha demorado para cumplir con su obra redentora y dar ocasión de que muchas personas crean. Pero llegará el día en que vendrá como juez. La justicia de Dios puede demorarse, pero no por ello es menos real y efectiva.

 

Mª Auxiliadora Pacheco

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