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LA JUSTICIA SOCIAL EN LA BIBLIA
(3ª Parte)

Mª Auxiliadora Pacheco Morente

I: EL ANTIGUO TESTAMENTO

 LA LEY

 

Los esclavos (b)

Cuando salgas a la guerra contra tus enemigos, y Jehová, tu Dios, los entregue en tus manos y tomes algunos cautivos, si ves entre ellos una mujer hermosa, y la codicias y la tomas para ti por mujer, la meterás en tu casa. Ella se rapará la cabeza y se cortará las uñas, se quitará el vestido de cautiva y se quedará en tu casa llorando a su padre y a su madre un mes entero. Después podrás llegarte a ella; tú serás su marido y ella será tu mujer. Si después resulta que no te agrada, la dejarás en libertad; no la venderás por dinero ni la tratarás como esclava, por cuanto la humillaste. (Dt. 21:10-14).

Esta normativa se dictó para regular un caso especial de los esclavos tomados en las guerras con otros pueblos: el de las jóvenes que fueran deseadas por los guerreros israelitas. En las naciones antiguas, las cautivas se convertían en esclavas de los vencedores, con el mismo derecho sobre ellas que digamos, sobre su caballo. La situación de las cautivas en los pueblos paganos se ve reflejada en La Iliada de Homero, donde se ve a los guerreros protagonistas con harenes de cautivas sin ningún tipo de derechos, dependiendo únicamente de la buena voluntad de sus amos (¡La Iliada fue redactada más de setecientos años después de la redacción de la ley de Moisés!). Esta normativa estaba destinada a mejorar su situación. Los soldados israelitas no podrían obrar con ellas con la barbarie que hasta el día de hoy caracteriza a los ejércitos con las mujeres de los pueblos conquistados. A la cautiva se le debía permitir tener un mes de luto, como a los judíos, por la pérdida o separación de sus padres. Los actos que se explican eran señales de luto en aquellos tiempos, cortarse el cabello y las uñas, y quitarse el bonito vestido con que se ataviaba a las cautivas para hacerlas más atrayentes. En este tiempo se le daba a la cautiva la oportunidad de irse adaptando a su nueva situación, y al israelita la de comprobar que no había tenido un capricho pasajero. Si el amor del israelita persistía, la tomaría como esposa, y la trataría como a tal. Si posteriormente la mujer no fuera del agrado del israelita, sería dejada en libertad, por cuanto se vio presionada por su situación de cautiva a contraer matrimonio. No podría ser tratada como una esclava ni tampoco ser vendida, como las cautivas de los pueblos paganos. No era un objeto propiedad de su amo, sino una persona.

Si alguien hiere a su siervo o a su sierva con un palo, y muere entre sus manos, será castigado; pero si sobrevive por un día o dos, no será castigado, porque es propiedad suya...

Si alguien hiere el ojo de su siervo o el ojo de su sierva, y lo daña, le dará libertad por razón de su ojo. Y si hace saltar un diente de su siervo o un diente de su sierva, por su diente le dejará en libertad. (Éx. 21:20, 21, 26, 27).

Asimismo el hombre que hiere de muerte a cualquier persona, que sufra la muerte.

Un mismo estatuto tendréis para el extranjero y para el natural, porque yo soy Jehová, vuestro Dios. (Lv. 24:17, 22).

El esclavo extranjero podía ser castigado a bastonazos, pero estaba prohibido mutilarlo o darle muerte. La ley era muy estricta con la vida de las personas, independientemente de si eran naturales, extranjeros o esclavos. Ningún amo podía dar muerte a su esclavo simplemente porque se enojara con él. En las sociedades paganas de su entorno y en las griega y romana posteriores, los amos podían hacer todo lo que quisieran con sus esclavos, incluido darles muerte cuando se les antojara.

Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Todo varón de entre vosotros será circuncidado. Circuncidaréis la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros. A los ocho días de edad será circuncidado todo varón entre vosotros, de generación en generación, tanto el nacido en casa como el comprado por dinero a cualquier extranjero que no sea de tu linaje. Debe ser circuncidado el nacido en tu casa y el comprado por tu dinero, de modo que mi pacto esté en vuestra carne por pacto perpetuo. El incircunciso, aquel a quien no se le haya cortado la carne del prepucio, será eliminado de su pueblo por haber violado mi pacto. (Gn. 17:10-14).

Jehová dijo a Moisés y a Aarón:

“Esta es la ley para la Pascua: ningún extraño comerá de ella. Pero todo siervo humano comprado por dinero comerá de ella, después que lo hayas circuncidado.” (Éx. 12:43, 44).

Ningún extraño comerá de las cosas sagradas. Ni el huésped del sacerdote ni el jornalero comerán cosas sagradas.

Pero cuando el sacerdote compre algún esclavo por dinero, este podrá comer de ellas, así como también el nacido en su casa podrá comer de su alimento. (Lv. 22:10, 11).

La ley también regulaba la situación de los esclavos extranjeros adquiridos por los israelitas, y de los nacidos en su casa en relación a las ordenanzas sagradas. Cuando Abraham recibió el pacto de la circuncisión, se le ordenó que también fueran circuncidados todos sus esclavos. Este estatuto pasaría a todos los israelitas, y en Éxodo 12:43 y 44 se da por sentado que se continuaba practicando. Los esclavos extranjeros, es decir, permanentes, pasaban a formar parte de la casa de sus amos. Por ello, debían someterse al pacto de la circuncisión. Una vez efectuado, podían participar de la comida ritual de la Pascua, e incluso participar de los alimentos sagrados que recibían los sacerdotes. Así, se les abría una puerta para participar de la vida de las familias con las que convivieran.

Y al lugar que Jehová, vuestro Dios, escoja para poner en él su nombre, allí llevaréis todas las cosas que yo os mando: vuestros holocaustos, vuestros sacrificios, vuestros diezmos, las ofrendas reservadas de vuestras manos, y todo lo escogido de los votos que hayáis prometido a Jehová. Y os alegraréis delante de Jehová, vuestro Dios, vosotros, vuestros hijos, vuestras hijas, vuestros siervos y vuestras siervas, así como el levita que habite en vuestras poblaciones, por cuanto no tiene parte ni heredad con vosotros...

Tampoco comerás en tus poblaciones el diezmo de tu grano, de tu vino o de tu aceite, ni las primicias de tus vacas ni de tus ovejas, ni los votos que prometas, ni las ofrendas voluntarias, ni ninguna otra ofrenda reservada de tus manos, sino que delante de Jehová, tu Dios, las comerás, en el lugar que Jehová, tu Dios, haya escogido, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva y el levita que habita en tus poblaciones. Te alegrarás delante de Jehová, tu Dios, de toda la obra de tus manos. (Dt. 12:11, 12, 17, 18).

Te alegrarás delante de Jehová, tu Dios, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, el levita que habita en tus ciudades, y el extranjero, el huérfano y la viuda que viven entre los tuyos, en el lugar que Jehová, tu Dios, haya escogido para poner allí su nombre...

Te alegrarás en tus fiestas solemnes, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, y el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda que viven en tus poblaciones. (Dt. 16:11, 14). 

Estos textos de Deuteronomio indican que en los momentos de celebración nadie debería quedar excluido por su situación económica, social, etcétera. Cuando las familias, conforme a lo establecido en la ley, llevaran a Jerusalén sus diezmos y ofrendas, los esclavos deberían participar de las fiestas y también podían ofrecer sacrificios. Y en las celebraciones solemnes establecidas en la ley, cuando todos los israelitas estuvieran festejando, los esclavos también participarían en las fiestas. Para Dios eran iguales que sus dueños. 

Pero el séptimo día es de reposo para Jehová, tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni el extranjero que está dentro de tus puertas. (Éx. 20:10). 

Todos los esclavos tenían derecho a disfrutar del descanso sabático, incluidos los esclavos extranjeros, como los criados naturales que trabajaran por dinero. En este día descansaban de sus labores. 

No entregarás a su señor el siervo que huye de él y acude a ti. Habitará contigo, en medio de ti, en el lugar que escoja en alguna de tus ciudades, donde tenga a bien; no lo oprimirás. (Dt. 23:15, 16). 

Cuando algún esclavo huyera de su amo, no se le devolvería a su dueño. Se le permitiría refugiarse en el lugar que deseara, y se le trataría con benevolencia. 

Ya Abraham era viejo, bien avanzado en años; y Jehová había bendecido en todo a Abraham. Dijo Abraham a un criado suyo, el más viejo de su casa, quien gobernaba todo lo que él tenía:

—Pon ahora tu mano debajo de mi muslo y júrame por Jehová, Dios de los cielos y Dios de la tierra, que no tomarás para mi hijo mujer de las hijas de los cananeos, entre los cuales yo habito, sino que irás a mi tierra y a mi parentela a tomar mujer para mi hijo Isaac... (Gn. 24:1-4 más el resto del capítulo). 

Podía llegar a existir un trato amigable entre amo y esclavo, como el que se ve en el capítulo 24 de Génesis. Un siervo anciano había llegado a ser el hombre de confianza de Abraham, hasta el punto de que Abraham le confió la delicada misión de buscarle una esposa a su hijo Isaac. 

Respondió Abram:

—Señor Jehová, ¿qué me darás, si no me has dado hijos y el mayordomo de mi casa es ese Eliezer, el damasceno?

Dijo también Abram:

—Como no me has dado prole, mi heredero será un esclavo nacido en mi casa. (Gn. 15:2, 3). 

A veces un siervo podía heredar a su dueño. Abraham se queja a Dios de que al no tener heredero, le heredaría Eliezer, un esclavo nacido en su casa.  

Asimismo el que secuestre una persona y la venda, o si es hallada en sus manos, morirá. (Éx. 21:16). 

Cuando sea hallado alguien que haya secuestrado a uno de sus hermanos entre los hijos de Israel, para esclavizarlo o venderlo, ese ladrón morirá. Así extirparás el mal de en medio de ti. (Dt. 24:7). 

Si algún israelita secuestraba a personas para esclavizarlas o venderlas recibía la máxima pena.

 

Mª Auxiliadora Pacheco

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