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LA JUSTICIA SOCIAL EN LA BIBLIA
(26ª Parte)


Mª Auxiliadora Pacheco Morente

II: EL NUEVO TESTAMENTO

  1. Los pobres, las viudas, los huérfanos, los esclavos, los trabajadores, los discapacitados y los extranjeros (VIII)
     

Los extranjeros (II)

 

Después que hubo terminado todas sus palabras al pueblo que le oía, entró en Capernaum.  Y el siervo de un centurión, a quien éste quería mucho, estaba enfermo y a punto de morir.

Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su siervo. Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud, diciéndole:

Es digno de que le concedas esto; porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga.

Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos de la casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole:

Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo; por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero dí la palabra, y mi siervo será sano. Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Vé, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.

Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía:

 Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.

Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo.  Lc. 7:1-10.

 

Los evangelios también nos muestran el retrato de un centurión piadoso. Llegó a Israel destinado para servir al imperio romano, como otros muchos. Pero en lugar de cerrarse en el orgullo, vio en la fe al Dios único la fe verdadera, en contraste con la grosera idolatría que le habían enseñado. No sólo creyó, también se esforzó en manifestar su fe de una manera visible, llegando incluso a edificar una sinagoga. Este relato igualmente muestra que tenía un corazón humanitario. Tenía un siervo al que apreciaba mucho, que podía ser un criado de su casa o incluso un esclavo, pues no queda claro en el contexto. Este siervo enfermó gravemente, y el centurión oyó hablar de Jesús. Pero, por su condición de gentil, se veía indigno de pedirle un favor a Jesús. Por eso, recurre a pedirle a unos ancianos de los judíos que intercedan por él. Los ancianos cumplen con su misión de buen grado, elogiando ante Jesús las muestras de afecto hacia Israel que había manifestado. Jesús marcha con ellos al instante. El centurión, conociendo los escrúpulos de los judíos a entrar en casa de los gentiles, no quería abusar de la bondad de Jesús. Además, sabe que si Dios está con Jesús, no tendrá problemas en sanar al centurión dando solamente la orden de que ocurra así. Por eso envía a unos amigos con este recado. Jesús elogia su fe, declarándola mayor que la que había visto hasta entonces en los israelitas, y le concede su petición. Este militar piadoso mostraba la fe ardiente de los conversos del paganismo, en contraste con la frialdad de muchos que se creían que solamente por ser judíos tenían libre acceso a la gracia de Dios. Jesús, con su conocimiento y sabiduría divinos, ve la fe sincera del centurión. La elogia, mostrando que lo que a Dios le agrada es una fe auténtica, sin importarle el pueblo ni el origen de quien la manifieste.

 

Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo:

Dame de beber.

Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer.

La mujer samaritana le dijo:

¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.

Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.

La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?

Respondió Jesús y le dijo:

Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.

La mujer le dijo:

Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.

Jesús le dijo:

Vé, llama a tu marido, y ven acá.

Respondió la mujer y dijo:

No tengo marido.

Jesús le dijo:

Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.

Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.

Jesús le dijo:

Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.

Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.

Le dijo la mujer:

Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas.

Jesús le dijo:

Yo soy, el que habla contigo.

En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?

Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres:

Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?

Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él… 

Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho.

Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días.

Y creyeron muchos más por la palabra de él, y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo. Jn. 4:5-30, 39-42.

 

Esta es otra muestra de como Jesús rompía las barreras, tanto sociales como entre los pueblos. El capítulo 17 de 2ª de Reyes cuenta el origen de los samaritanos. Este texto cuenta la caída y cautiverio de Samaria por los asirios y como después su territorio fue repoblado por gentes extranjeras. Estos pobladores se mezclaron con los judíos que lograron quedarse en ese territorio. Aunque al principio eran idólatras, con el tiempo dejaron la idolatría, aceptando la existencia del Dios único. Pero solamente reconocían como inspirados los libros de Moisés (Pentateuco), y no iban a adorar a Jerusalén. Cuando a los judíos les iba bien, reconocían su parentesco con ellos, pero cuando les iba mal, lo rechazaban. Todo esto había ocasionado no pocas disputas y enemistades entre ambos pueblos. Los judíos hasta procuraban evitar pasar por territorio samaritano.

Pero Jesús también incluyó a los samaritanos en su ministerio, el pueblo mestizo y extraviado. No se puede evitar ver un propósito deliberado de Jesús en este paso por Samaria y su descanso en el pozo de Jacob. Aguardaba a una mujer, tan mal vista en su ciudad que acudía al pozo a una hora desacostumbrada. Pedirle agua fue solamente una excusa para hablar con ella. Al hacerlo, también rompía otra de las barreras de su época, la estricta separación entre hombres y mujeres, sobre todo tratándose de un maestro como él, lo que se refleja posteriormente en la extrañeza de sus discípulos. Jesús, de una forma delicada, le muestra lo erróneo de su forma de vida, y contesta sabiamente a sus preguntas cuando intenta desviar la conversación al verse descubierta. Cuando ya ha conseguido captar su atención, le declara abiertamente que es el Mesías. La mujer, impresionada y con un comienzo de fe, se olvida del agua y se convierte en predicadora. Gracias a ella, sus paisanos acuden a Jesús, y le ruegan que se quede con ellos. Jesús permanece dos días en Samaria y muchos creen en Él. Había ido a buscar a muchos perdidos.

 

Mª Auxiliadora Pacheco

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