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LA JUSTICIA SOCIAL EN LA BIBLIA
(20ª Parte)


Mª Auxiliadora Pacheco Morente

II: EL NUEVO TESTAMENTO

  1. Los pobres, las viudas, los huérfanos, los esclavos, los trabajadores, los discapacitados y los extranjeros (III)
     

Las viudas (I)

 

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas oraciones; por esto recibiréis mayor condenación.  Mt. 23:14.

 

Entre los grandes pecados que Jesús condena en los escribas y fariseos, se encuentran los abusos a las viudas. Tramaban la forma de apoderarse de sus bienes, aprovechándose de su situación indefensa. Mientras, se hacían pasar por santos varones, efectuando largas oraciones. Con ellas, además de ganarse la confianza de las viudas, pretendían ocultar sus abusos a los ojos de la sociedad. Eran hipócritas además de ladrones. Jesús habla de sus pecados sin titubeos y les anuncia el mayor castigo.

Hasta el día de hoy hay muchos que se las dan de santos y virtuosos, mientras lo que traman es apoderarse de los bienes de los más débiles e indefensos. Les espera la misma condenación que a estos escribas y fariseos, y este versículo debería servirles de advertencia.

 

Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho.   Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo:

De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca;  porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento. Mr. 12:41-44.

 

Jesús se sentó delante del arca de las ofrendas, al parecer cansado después de haber estado enseñando largo rato de pie en el templo. Pero el lugar elegido por Él para descansar no fue casual, porque sabía que le daría ocasión de dar una enseñanza a sus discípulos. En ese lugar se daban ofrendas para el mantenimiento del templo. Los ricos echaban mucho dinero. Pero era un dinero que les sobraba, algo que para ellos no era nada.

En cambio, una viuda pobre echo dos moneditas, las del valor más pequeño. Era todo lo que tenía para subsistir aquel día. ¿Por qué lo hizo? Seguro que como una muestra de amor hacia Dios. Jesús elogió su generosidad y su sacrificio. En una sociedad que se había cargado de prejuicios hacia las mujeres, en la que incluso se les negaba el derecho a recibir enseñanzas religiosas (Lc. 11:38-42, Jn. 4:27), Jesús le da su verdadero lugar a esta viuda piadosa. Le devuelve la dignidad que la sociedad le había quitado por ser mujer, viuda y pobre. La convierte en un ejemplo de la fe generosa, dispuesta a los mayores sacrificios. Podemos estar seguros de que Dios, que vio su sacrificio, le proveyó por otro lado para su sustento.

 

Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad,  y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.  Lc. 2:36-38.

 

Los evangelios una vez más se ocupan de una mujer viuda para dignificarla en el contexto de la historia de la salvación. Esta mujer piadosa había recibido el don de la profecía. Aunque los comentaristas más tradicionales pretenden que en Israel no había mujeres profetisas, y que Ana solamente lo fue por la cercanía del Nuevo Pacto, no faltan evidencias que lo desmientan. Había mujeres en las que el don de Dios se manifestaba de tal forma que los israelitas no tenían otra opción que reconocer que Dios se manifestaba a través de ellas. Por los prejuicios culturales, no pudieron ser autoras de ninguno de los libros proféticos, pero hay evidencias de su presencia.

Volviendo a esta mujer, hay dos interpretaciones sobre su edad. Una, que realmente tenía ochenta y cuatro años, y había estado casada siete años. Otra, que era de una edad muy avanzada. Pero no importa demasiado. Lo que se ve por su historia es que al enviudar, esta mujer piadosa se consagró a Dios. En algún momento, Dios la ungió como profetisa, y recibió el suficiente reconocimiento como para ser escuchada con atención. Como un premio a su fidelidad, Dios le concedió conocer la llegada del Mesías esperado. Y ella, acostumbrada a dar palabras de parte de Dios, se convirtió en heraldo de su llegada. Dios siempre honra a los que le honran, sin importar su raza, sexo o condición social. En el Nuevo Pacto ya no hay varón ni mujer (Gá. 3:28). Los únicos impedimentos que hay en el Nuevo Pacto para un ministerio o un don de parte de Dios son la disponibilidad de las personas para servirle, y la disponibilidad de su pueblo para reconocerlo.

 

Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo:

No llores.

Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo:

Joven, a ti te digo, levántate.

Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre. Lc. 7:11-15.

 

Una vez más Jesús muestra una especial sensibilidad con una mujer viuda. Durante su ministerio en Israel, fue a una pequeña población llamada Naín. Al llegar, se encontró con una triste escena. Una mujer viuda llevaba a enterrar a su único hijo, con casi todo Naín compadecido de su desgracia. A la desgracia de las pérdidas sucesivas de su marido y de su hijo, este suceso también acarreaba la ruina económica. Casi todas las mujeres de aquel tiempo se encontraban en un estado de dependencia económica. Las que enviudaran, si no tenían hijos varones, podían verse privadas de sus posesiones si no encontraban un redentor (Rut 4). Así que el cuadro que se le presentaba a esta pobre mujer no podía ser más lastimoso.

Pero Jesús muestra a un tiempo su compasión y su poder. Primero le muestra su afecto. Después, ignorando las normativas que declaraban la impureza de los cadáveres, se dispone a actuar. El poder de Aquel que es la Resurrección y la Vida se desata, y el joven vuelve a la vida. Su madre puede volver a abrazarlo con vida.

¡Cuánto amor manifestado! Nos deja un modelo muy alto para nuestros tratos con las personas que se encuentren en una situación parecida. Hasta el día de hoy, las mujeres suelen ser el eslabón más débil en la cadena social. Pero los ejemplos que he recogido en este apartado son solamente varias muestras de la compasión y el respeto a la dignidad de la mujer que manifestó Jesús, algo que demasiadas veces se olvida en las iglesias.

  

Mª Auxiliadora Pacheco

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