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LA JUSTICIA SOCIAL EN LA BIBLIA
(16ª Parte)

Mª Auxiliadora Pacheco Morente

I: EL ANTIGUO TESTAMENTO

4. LOS PROFETAS (II)


1. Los pobres, las viudas, los huérfanos, los esclavos y los extranjeros (II). 

 

Los esclavos

 

Palabra de Jehová que vino a Jeremías, después que Sedequías hizo pacto con todo el pueblo en Jerusalén para promulgarles libertad;  que cada uno dejase libre a su siervo y a su sierva, hebreo y hebrea; que ninguno usase a los judíos, sus hermanos, como siervos. Y cuando oyeron todos los príncipes, y todo el pueblo que había convenido en el pacto de dejar libre cada uno a su siervo y cada uno a su sierva, que ninguno los usase más como siervos, obedecieron, y los dejaron. Pero después se arrepintieron, e hicieron volver a los siervos y a las siervas que habían dejado libres, y los sujetaron como siervos y siervas. Vino, pues, palabra de Jehová a Jeremías, diciendo:

Así dice Jehová Dios de Israel: Yo hice pacto con vuestros padres el día que los saqué de tierra de Egipto, de casa de servidumbre, diciendo:

Al cabo de siete años dejará cada uno a su hermano hebreo que le fuere vendido; le servirá seis años, y lo enviará libre; pero vuestros padres no me oyeron, ni inclinaron su oído.

Y vosotros os habíais hoy convertido, y hecho lo recto delante de mis ojos, anunciando cada uno libertad a su prójimo; y habíais hecho pacto en mi presencia, en la casa en la cual es invocado mi nombre. Pero os habéis vuelto y profanado mi nombre, y habéis vuelto a tomar cada uno a su siervo y cada uno a su sierva, que habíais dejado libres a su voluntad; y los habéis sujetado para que os sean siervos y siervas.

Por tanto, así ha dicho Jehová: Vosotros no me habéis oído para promulgar cada uno libertad a su hermano, y cada uno a su compañero; he aquí que yo promulgo libertad, dice Jehová, a la espada y a la pestilencia y al hambre; y os pondré por afrenta ante todos los reinos de la tierra. Y entregaré a los hombres que traspasaron mi pacto, que no han llevado a efecto las palabras del pacto que celebraron en mi presencia, dividiendo en dos partes el becerro y pasando por medio de ellas. Jer. 34:8-18.

 

En este pasaje, Jeremías denuncia la situación de los esclavos hebreos de su tiempo. Como ya comenté en el apartado de la ley, un israelita podía venderse como esclavo o caer en la esclavitud por deudas contraídas. Pero había una diferencia muy importante con respecto a los esclavos que no eran israelitas. No podían ser adquiridos como esclavos perpetuos (Éx. 21:2, 23:10; Dt. 15:12). Su servicio duraba seis años, y en el transcurso del séptimo debían quedar libres. Y si coincidía que antes de cumplirse sus años de servicio, había un año sabático, los esclavos hebreos recuperaban su libertad entre las otras ordenanzas de que las propiedades arrendadas volvían a las familias propietarias, las deudas eran perdonadas, etcétera. Por la impiedad y el abandono de la ley en los días de Jeremías, los que tenían esclavos hebreos los habían convertido en esclavos permanentes.

Durante el sitio de Jerusalén, viendo aproximarse el desastre, Sedequías se propuso cumplir la ordenanza respecto a los esclavos hebreos, con el fin de ganarse el favor de Dios. Para ello, encabezó un pacto solemne en el templo, según  las costumbres de la época, comprometiéndose ante Dios él y los demás dirigentes israelitas a dejar libres a los esclavos hebreos. En un primer momento cumplieron lo prometido. Pero después, cuando los babilonios se vieron obligados temporalmente a levantar el cerco para defenderse de los egipcios, como cuenta el capítulo 37, los obligaron a volver con ellos.

Estos hechos enojaron a Dios profundamente. A Dios le había agradado que cumplieran con sus ordenanzas. Pero después, cometieron un doble pecado. Desobedecieron los mandatos de la ley divina y faltaron al juramento solemne que habían llevado a cabo, menospreciando a Dios. Por todo ello, daba libertad a sus juicios, especialmente contra los que pasaron por medio del becerro, como representantes de las autoridades y el pueblo judío.

Esta historia muestra que los juicios que vinieron contra los israelitas de ese tiempo, no solamente fueron producidos por faltas cometidas contra ordenanzas abstractas o por la idolatría. Existía una grave situación de abuso de autoridad y de indefensión por parte de los más débiles. Un caso tan escandaloso como el de los esclavos hebreos no podía ser pasado por alto por Dios, que envió a su profeta para denunciarlo. La palabra profética también incluye la denuncia de la injusticia del ser humano contra su prójimo.

 

Promesas a los pobres

 

Y los primogénitos de los pobres serán apacentados, y los menesterosos se acostarán confiados; mas yo haré morir de hambre tu raíz, y destruiré lo que de ti quedare. Is. 14:30.

 

Porque fuiste fortaleza al pobre, fortaleza al menesteroso en su aflicción, refugio contra el turbión, sombra contra el calor; porque el ímpetu de los violentos es como turbión contra el muro.  Is. 25:4.

 

Entonces los humildes crecerán en alegría en Jehová, y aun los más pobres de los hombres se gozarán en el Santo de Israel.  Is. 29:19.

 

Cantad alabanzas, oh cielos, y alégrate, tierra; y prorrumpid en alabanzas, oh montes; porque Jehová ha consolado a su pueblo, y de sus pobres tendrá misericordia.  Is. 49:13.

 

Cantad a Jehová, load a Jehová; porque ha librado el alma del pobre de mano de los malignos. Jer. 20:13.

 

Los profetas también recogen promesas para los pobres. Los judíos fueron oprimidos frecuentemente por otros pueblos. En el caso de los filisteos, Dios les anuncia que su opresión terminaría. La mejor muestra del fin de esa opresión, es que los empobrecidos, sobre todo por el abuso de los filisteos, mejorarían de situación. Dios los cuidaría como un pastor que cuida a su rebaño, y podrían dormir como ovejas confiadas.

Pero los que se vean oprimidos por diversas calamidades no serán olvidados. Vendrá un día en que Dios establecerá su reino, juzgará a los malvados y se acabará la opresión de los más débiles, de la que no se libran muchos piadosos. Mientras tanto, Dios promete cuidar y ser refugio para los que confían en Él. La imagen que da Isaías 25:4 es muy vívida. En los lugares que tenemos el clima mediterráneo, se alternan períodos de sequía con otros de temporales y lluvias violentas, el turbión bíblico. Por la fuerza de estos fenómenos, las casas débiles o mal construidas se derrumban. Dios promete que cuando todo parezca derrumbarse a nuestro alrededor, Él seguirá cuidando de los que confían en Él.

 

Promesas a los que los socorren y exhortación a defenderlos

 

Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.  Is. 1:17, 18.

 

Pero el generoso pensará generosidades, y por generosidades será exaltado. Is. 32:8.

 

¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano? Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia. Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí. Si quitares de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador, y el hablar vanidad; y si dieres tu pan al hambriento, y saciares al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía. Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan. Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas; los cimientos de generación y generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar. Is. 58:6-12.

 

Dios da en Isaías grandes promesas a los que obren el bien con el prójimo necesitado. Isaías 1:17 empieza haciendo un llamado a aprender a hacer el bien. A continuación expone varios casos prácticos para mostrar que ha habido un verdadero arrepentimiento y que se quiere agradar a Dios. Se debe buscar la justicia en los juicios, no los sobornos, restituyendo a quien se haya agraviado injustamente. Los que no tengan quien los defienda ni dinero para quien busque sobornos deben poder encontrar justicia en los tribunales. Las viudas deben encontrar socorro. Al obrar así Dios verá que el arrepentimiento es auténtico y da frutos de justicia. Entonces otorgará su perdón y lavará los pecados, por muy grandes que hayan sido.

En 32:8 dice que el generoso “será exaltado”. Es decir, verá recompensada su generosidad.

Isaías 58 vuelve a dar casos prácticos para demostrar una verdadera búsqueda de Dios, en lugar de una religiosidad ritual y vacía de contenido. La verdadera piedad se empieza por demostrar rompiendo los contratos fraudulentos que ataban a los desfavorecidos. Liberando a los que habían caído en esclavitud y a los que con frecuencia se les negaba luego la libertad cuando su tiempo de servicio había cumplido. Dando comida y ropa a los pobres hambrientos y harapientos y alojando a los que no tienen un techo donde cobijarse. No escondiéndose de la necesidad del hermano, tanto en el sentido de pariente como en el de hijo de Adán, y por tanto perteneciente a la familia humana. Quitando toda opresión, consolando a los afligidos. Entonces se tendrá el favor de Dios y estará pronto para escuchar las peticiones. Los frutos de justicia serán visibles para los que estén alrededor, y no se sufrirán tiempos inciertos y tenebrosos. Dios dará su protección cuando vengan malos tiempos, y no se sufrirá escasez. Al contrario, la casa de quien hace justicia traerá restauración al resto del pueblo. Dios siempre cuida y protege a quien se acuerda de su prójimo necesitado. Por lo tanto, no son solamente palabras para aquella época, también son para nosotros.

 

Pero si éste engendrare hijo, el cual viere todos los pecados que su padre hizo, y viéndolos no hiciere según ellos; no comiere sobre los montes, ni alzare sus ojos a los ídolos de la casa de Israel; la mujer de su prójimo no violare, ni oprimiere a nadie, la prenda no retuviere, ni cometiere robos; al hambriento diere de su pan, y cubriere con vestido al desnudo; apartare su mano del pobre, interés y usura no recibiere; guardare mis decretos y anduviere en mis ordenanzas; éste no morirá por la maldad de su padre; de cierto vivirá.  Ez. 18:14-17.

 

En el conocido pasaje de Ezequiel 18, donde Dios expone su justicia al pueblo, se da una exposición sobre lo que es obrar rectamente y sus resultados. Pone como ejemplo el obrar de un justo que es hijo de un malvado. No quiso seguir los malos caminos de su padre, sino andar como agrada a Dios. Como es lógico, se empieza y se acaba por los atentados contra el honor de Dios: la idolatría y el no seguir sus ordenanzas. Pero el grueso de la exposición sobre el buen obrar se dedica a los atentados contra el prójimo, en especial contra el que se halle en una situación de inferioridad. No oprimió a los pobres, ni les privó de su ropa, ni los agobió con usura en su necesidad. Al contrario, dio pan al hambriento, cubrió al desnudo, y prestó sin intereses al necesitado, conforme ordenaba la ley de Moisés. Dios afirma que a quien obre así se lo tomará en cuenta, y no sufrirá la retribución que hará caer sobre sus parientes más cercanos, si su familia fue malvada. Así es, y no faltan los casos de creyentes que han salido de familias y entornos crueles y opresores. Dios bendice al que le honra con su fe y sus hechos, independientemente del lugar del que proceda.

 

Pero si mejorareis cumplidamente vuestros caminos y vuestras obras; si con verdad hiciereis justicia entre el hombre y su prójimo, y no oprimiereis al extranjero, al huérfano y a la viuda, ni en este lugar derramareis la sangre inocente, ni anduviereis en pos de dioses ajenos para mal vuestro, os haré morar en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre.  Jer. 7:5-7.

 

Así ha dicho Jehová: Haced juicio y justicia, y librad al oprimido de mano del opresor, y no engañéis ni robéis al extranjero, ni al huérfano ni a la viuda, ni derraméis sangre inocente en este lugar. Porque si efectivamente obedeciereis esta palabra, los reyes que en lugar de David se sientan sobre su trono, entrarán montados en carros y en caballos por las puertas de esta casa; ellos, y sus criados y su pueblo.  Jer. 22:3, 4.

 

En los continuos llamados al arrepentimiento que lanzó Jeremías a sus contemporáneos, no escaseaban los relacionados con la opresión al prójimo. En estos dos pasajes son acompañados de promesas. La situación moral en los días de Jeremías estaba muy deteriorada. No se limitaban a abandonar a Dios, también abandonaban todos los principios de justicia contenidos en la ley de Moisés. En los juicios la justicia era de los poderosos, quienes también oprimían a los más débiles. La situación de estos últimos (pobres, viudas, huérfanos y extranjeros) muchas veces era penosa.

Si cambiaban su forma de obrar con los débiles y desfavorecidos, haciendo lo que agrada a Dios, como fruto de un sincero arrepentimiento, Dios lo miraría. Entonces anularía el decreto de juicio que pesaba sobre ellos. Podrían permanecer en su tierra, y tener reyes de la estirpe de David. Si hubieran escuchado el llamado, sin duda habría ocurrido así. Pero por obstinarse en pecar y oprimir al prójimo, llegó el desastre nacional. Este pasaje advierte que una vida malvada tiene sus consecuencias, pero que igualmente nunca es tarde para el arrepentimiento que trae la bendición de Dios.

  

Mª Auxiliadora Pacheco

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