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LA JUSTICIA SOCIAL EN LA BIBLIA
(1ª Parte)

Mª Auxiliadora Pacheco Morente



PRÓLOGO

Desde un principio, la voluntad de Dios era que los hombres y las mujeres tuvieran lo suficiente para sus necesidades, y que su trabajo obtuviera una retribución justa. Pero tras la caída llegó el pecado, y tras el pecado la injusticia. Las relaciones humanas se pervirtieron. Una de las frases usadas para expresar los períodos de degradación moral es “que cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jue. 17:6). Esto significa el triunfo de la ley del más fuerte, del que más puede. Los más débiles quedaban desprotegidos y a merced de los anteriores.

Pero Dios quería restaurar a la Humanidad. Deseaba que volvieran a recuperar la intimidad con Él, y que sus vidas se amoldaran lo máximo posible al ideal de vida que en un principio les había preparado. Necesitaba un pueblo para ejecutar su plan de salvación y dejar constancia de como deseaba que los hombres se condujeran con sus semejantes. Primeramente escogió a Israel como su pueblo, y por medio de Moisés les dio los diez mandamientos, y un código de conducta para regular su vida y sus relaciones. Si esas leyes se cumplían, la justicia reinaría en su sociedad.

Más tarde, cuando los israelitas dejaban la ley, los profetas alzaban su voz para denunciar su conducta. Los hombres sabios y piadosos también expresaban como debían obrar unos con otros.

Finalmente, llegó Jesús para traernos salvación y redención. Entre sus enseñanzas, también habló sobre los débiles y necesitados. Después de su partida, la Iglesia siguió sus enseñanzas, y se vio en la necesidad de buscar soluciones prácticas ante las diferentes situaciones que se presentaban. Los Hechos y las Epístolas reflejan los distintos retos que debieron superar, entre los que se hallaban la atención a los desfavorecidos.

En resumen, a lo largo de toda la Biblia se puede encontrar una gran cantidad de textos sobre la justicia social, lo que Dios ha hablado sobre ese tema.

Algunas de sus expresiones nos pueden resultar chocantes, porque regulan situaciones propias de las sociedades de los tiempos bíblicos, como la esclavitud. Pero su espíritu y su mensaje siguen vigentes en medio de un mundo donde la llamada a una mayor justicia social es tan necesaria como en los tiempos bíblicos.

 

I: EL ANTIGUO TESTAMENTO 

  1. LA LEY

Tradicionalmente, los cinco libros que escribió Moisés (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), el Pentateuco, son llamados “la Ley”, en hebreo la Torah. En el resto de las Escrituras, también son llamados de esa forma (Jos. 1:8; Neh. 8:2, 3, 14; Mt. 5:17; 7:12; Lc. 16:16; Jn. 1:17), por eso he preferido llamar así a este apartado. Torah significa instrucción, que en nuestras biblias castellanas es traducido por “ley” que procede del latín lex y de ligare, atar. Estos libros contienen la historia de la Creación, la de la primera etapa de la Humanidad, el nacimiento del pueblo de Israel y su historia hasta la llegada a la Tierra Prometida. Los nombres de Ley o Torah se refieren al contenido de parte de estos libros. Pues incluyen las instrucciones que Dios dio a Israel por medio de Moisés sobre como debían conducirse en su vida diaria en relación con Dios y unos con otros. Los Diez Mandamientos son la pieza fundamental en la que está basada la ley (Éx. 20:1-17). La ley anunciaba mucho de lo que habría de ser mostrado abiertamente en el Nuevo Testamento con sus ceremonias, tipos, símbolos, instituciones, profecías y promesas (He. 10:1).

De todas estas ordenanzas, he seleccionado las que se refieren a la legislación social. Para su época, fue una legislación avanzada, y en buena medida sigue siéndolo en la actualidad. Mi deseo es mostrar como esta parte de la Escritura es un espejo en el que debería mirarse el mundo de hoy, estando convencida de que viviríamos en una sociedad mejor y más justa si prestáramos atención a su mensaje (Stg. 1:23-25).

Los pobres, las viudas y los huérfanos

Dios otorgó a Israel la tierra de Canaán (Éx. 6:4, 8), que fue después repartida de forma equitativa. En la Ley dispuso normativas para evitar el acaparamiento de la tierra por parte de unos pocos, que se verán en el apartado referente a la economía. Pero la pobreza no quedó eliminada totalmente, ocasionada por la culpa del individuo o de sus antecesores, o por circunstancias de las que sólo Dios conoce la razón. Los desfavorecidos son  tenidos por personas desventuradas y sufriendo pruebas, pero amadas por Dios. La Ley dispone normativas para todos los pobres, en especial para las viudas, los huérfanos y los extranjeros, como una muestra de la especial atención de parte de Dios hacia estas personas. Estas disposiciones deberían ser guardadas por los israelitas temerosos de Dios. A continuación hablaré de ellas. 

Cuando siegues tu mies en tu campo y olvides alguna gavilla en el campo, no volverás para recogerla; será para el extranjero, el huérfano y la viuda, a fin de que te bendiga Jehová, tu Dios, en toda la obra de tus manos.

Cuando sacudas tus olivos, no recorrerás las ramas que hayas dejado detrás de ti; serán para el extranjero, el huérfano y la viuda.

Cuando vendimies tu viña, no rebuscarás tras de ti; será para el extranjero, el huérfano y la viuda. (Dt. 24:19-21).

La economía israelita estaba basada en la agricultura y la ganadería. Como he dicho más arriba, cada israelita recibió su porción de tierra correspondiente, y de lo que produjera dependía su sustento para el resto del año. No habría extrañado encontrarse con algún consejo del estilo de: “trabaja tu tierra con esmero, y cuando llegue la cosecha no descanses hasta recoger el fruto de tu esfuerzo”. Pero, ¿qué encontramos? No debían de andar rebuscando hasta la última espiga ni hasta la última uva. Debían de permitir que lo que se dejaran atrás pudieran recogerlo el extranjero indigente, el huérfano y la viuda. Incluso si se dejaban atrás una gavilla al volver a casa, no debían regresar a recogerla. Dios les bendeciría si obraban de esa forma. Una muestra de que esta normativa fue respetada la encontramos en el capítulo dos del libro de Rut, donde encontramos a Rut espigando en el campo de Booz.

Esta disposición puede calificarse de notable, y no ha sido superada hasta la fecha. Al contrario, en nuestra sociedad capitalista, con tendencia a un capitalismo cada vez más virulento, lo que prima es conseguir el máximo de ganancias, reduciendo al mínimo las posibles pérdidas. ¡Ay de aquel empleado que por descuido deje algunos productos de la fábrica donde trabaje al alcance de los pobres! En el mejor de los casos le serán descontados de su sueldo, y el peor será despedido. Ya antes de la crisis actual, había multinacionales que cerraban fábricas no porque tuvieran pérdidas, sino por haber tenido menos ganancias de las previstas. Se ha reconocido que la crisis actual ha sobrevenido por la codicia llevada hasta los últimos extremos.

Nuestro Dios nos enseña otra forma de actuar en los trabajos y negocios, para nuestro bien y el de nuestro prójimo. De este texto se desprenden dos principios prácticos. El primero, que en el tiempo de la prosperidad debemos acordarnos de los desfavorecidos, con la promesa de la bendición de Dios. El segundo, que huyamos de la codicia, que no lleva a nada bueno. Las formas de ganarse la vida han cambiado, incluso en el campo hoy en día no es viable seguir esta normativa. Pero todo el mundo sabe lo que es llevar su economía con un afán enfermizo por el dinero, o intentando amoldarla a lo que Dios dispone, confiando en sus promesas para quien obre así.

Cuando entres en la viña de tu prójimo, podrás comer uvas hasta saciarte, pero no pondrás ninguna en tu cesto. Cuando entres en la mies de tu prójimo, podrás arrancar espigas con tu mano, pero no aplicarás la hoz a la mies de tu prójimo. Dt. 23:24-25).

Aquí también hay otra normativa destinada al cuidado de los desfavorecidos. En el tiempo de la cosecha, debía ser muy duro para un necesitado estar pasando hambre, y ver los campos repletos de frutos. Dios, siguiendo sus principios de economía, ordena que eso no suceda. Solamente exige que se consuman los alimentos en el campo, para evitar posibles abusos derivados de poder llevárselos a otro sitio. Tampoco podría usarse hoz, por motivos parecidos. Los vecinos con dificultades económicas o los viajeros con necesidad podrían aliviar su hambre. Esta normativa se respetó hasta los tiempos de Jesús. Mateo 6:1-5 cuenta que los discípulos, como dice el texto que estoy comentando, arrancaron espigas con la mano para comérselas, lo que sucedió en un día de reposo. Los fariseos entonces les acusaron de no respetar el día de reposo, y Jesús les recriminó su legalismo. Por ser una de las controversias sobre el día de reposo, se olvida el trasfondo de este pasaje. El propietario del campo no salió a recriminar a los discípulos por estar cogiendo espigas de su campo. Los fariseos tampoco les acusaron de atentar contra la propiedad de su prójimo, sino de otra cosa. Sencillamente, ni el dueño del campo ni los fariseos podían  protestar por el simple hecho de coger las espigas para comérselas, porque los discípulos se estaban acogiendo a una disposición de la Torah.

Si tu hermano empobrece y recurre a ti, tú lo ampararás; como forastero y extranjero vivirá contigo. No tomarás de él usura ni ganancia, sino tendrás temor de tu Dios, y tu hermano vivirá contigo. No le darás tu dinero a usura ni tus víveres a ganancia. (Lv. 25:35-37).

Cuando haya algún pobre entre tus hermanos en alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová, tu Dios, te da, no endurecerás tu corazón ni le cerrarás tu mano a tu hermano pobre, sino que le abrirás tu mano liberalmente y le prestarás lo que en efecto necesite. Guárdate de albergar en tu corazón este pensamiento perverso: “Cerca está el séptimo año, el de la remisión”, para mirar con malos ojos a tu hermano pobre y no darle nada, pues él podría clamar contra ti a Jehová, y se te contaría como pecado. Sin falta le darás, y no serás de mezquino corazón cuando le des, porque por ello te bendecirá Jehová, tu Dios, en todas tus obras y en todo lo que emprendas. Pues nunca faltarán pobres en medio de la tierra; por eso yo te mando: Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra. (Dt. 15:7-11).

Estas son dos disposiciones complementarias sobre los israelitas caídos en la indigencia. En Levítico se refiere específicamente a los familiares empobrecidos. En Deuteronomio, se amplía y complementa lo dicho en Levítico en beneficio de cualquier persona pobre.

Levítico explica como deben de obrar los israelitas en  una posición desahogada, con sus familiares víctimas de circunstancias adversas. Deberán darles alojamiento y proveer liberalmente para sus necesidades, teniendo temor de Dios. Si piden dinero o alimentos prestados, no podrán cobrarles intereses. En todo deberán mostrar un comportamiento compasivo.

En Deuteronomio explica como debe ser el comportamiento con los ciudadanos desfavorecidos. Si piden dinero prestado para sus necesidades, no se les podrá negar. Si estuviera cerca el año de la remisión, en el que se perdonaban las deudas, tampoco se podrían rehusar a sus peticiones con la excusa de que después no podrían recuperar el dinero. Si obraban así, les sería contado como pecado. Deberían dar con generosidad a cualquiera que lo necesitara, pues así tendrían la bendición de Dios. Sí, Dios bendice a los que se compadecen de su prójimo necesitado.

A ninguna viuda ni huérfano afligiréis, porque si tú llegas a afligirlos, y ellos claman a mí, ciertamente oiré yo su clamor, mi furor se encenderá y os mataré a espada; vuestras mujeres serán viudas, y huérfanos vuestros hijos. (Éx. 22:22-24).

La situación de las viudas y los huérfanos podía llegar a ser muy penosa si no tenían familiares que los socorrieran. En aquellos tiempos no existían pensiones de viudedad ni de orfandad. Su suerte dependía entonces del respeto a la Ley por parte de los israelitas. Si el pueblo andaba en los caminos de Dios, recibirían la ayuda de sus ciudadanos, como dictaba el pasaje que he citado antes de éste. Pero si abandonaban la Ley, y en su impiedad ponían el amor al dinero por encima de cualquier tipo de consideración hacia su prójimo, se acarrearían la ira de Dios. Detrás de muchos de los desastres nacionales que se cuentan en la Biblia, además del abandono de Dios y de su Ley, también estuvieron los abusos hacia los más débiles.

Este pasaje debería servir de señal de aviso en el mundo actual. A pesar de las prestaciones actuales, todavía existen muchas viudas y huérfanos que no reciben la suficiente ayuda. Dignidad no es una limosna estatal, algo que deberían tener en cuenta los gobernantes. Me atrevo a decir que con demasiada frecuencia se nota que la mayoría son varones con una situación desahogada. Luchemos para que estas personas no sufran una doble desgracia, recibir unas prestaciones miserables, además de haber perdido a su padre o marido.

Te alegrarás delante de Jehová, tu Dios, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, el levita que habita en tus ciudades, y el extranjero, el huérfano y la viuda que viven entre los tuyos, en el lugar que Jehová, tu Dios, haya escogido para poner allí su nombre...

Te alegrarás en tus fiestas solemnes, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, y el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda que viven en tus poblaciones. (Dt. 16:11, 14).

Para las personas desfavorecidas, su situación se hace especialmente patente en los momentos de fiesta y alegría. Mientras los demás pueden celebrar, ellas no tienen nada con que hacerlo. Por eso Dios ordenó que en las festividades sagradas, las personas desfavorecidas no debían olvidarse. Debían ser invitadas a las fiestas y proporcionárseles lo necesario para poder celebrar. No habría ningún tipo de excepción ni discriminación. Incluso los extranjeros y los esclavos debían poder participar de las festividades.

El principio que se deriva de esta ordenanza es muy claro. En los momentos de fiesta, debemos acordarnos de las personas de nuestro entorno que no tienen medios o familiares con los que hacer celebraciones. Jesús también nos lo dijo, lo que se verá en el apartado de los evangelios.

 

Mª Auxiliadora Pacheco

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