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JESÚS, NUESTRA VID

 

Mª Auxiliadora Pacheco Morente 

 

Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí y yo en él, este lleva mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer. (Juan 15:5).

Vivimos en una época en la que se buscan resultados a toda costa. El resultado de cualquier trabajo se mide por la cantidad y la calidad de los resultados obtenidos. Así que se puede decir que los resultados son el enfoque central de esta sociedad. 

Los cristianos muchas veces nos dejamos arrastrar por este espíritu de buscar resultados por encima de cualquier otra prioridad. Pero al hacerlo fallamos en el enfoque. La Escritura habla claramente de que nuestra prioridad debe ser permanecer en Jesús, estar unidos a la vid verdadera. El Señor no quiere que hagamos cosas para Él. El Señor quiere hacer cosas a través de nosotros. No desea que sea nuestra propia mente la que reine y nos domine a la hora de servirle. Nos anhela celosamente, es el esposo que busca anhelante a su esposa, a su Iglesia, a nuestra alma. Quiere unirse íntimamente a nosotros, y que de esa unión broten los frutos de que Él nos habla. Frutos abundantes, frutos provechosos tanto para el cuerpo de Cristo, como para las personas que no le conocen. Frutos tanto de un compartir como de una vida santa y apacible ante sus ojos.

No quiere que nos agobiemos pensando en que debemos hacer tal o cual cosa para poder dar fruto y sentir que hemos hecho lo que debíamos. Que nos desesperemos cuando no sepamos que hemos de hacer para dar fruto. Quiere más bien que busquemos estar unidos a Él. Cumplir con nuestras obligaciones está bien, pero si eso no va acompañado de su vida, de nuestra unión con Él, no es suficiente. Pues eso solamente dará un servicio frío y distante. Quiere que nos rindamos ante Él, que nos postremos ante sus pies, y dejemos que su vida fluya a través de nosotros. Así será como daremos los verdaderos frutos. Porque en el reino de Dios vale más la calidad que la cantidad. Mejor es hacer un par de cosas con el Señor, que una docena por nosotros mismos. 

Cuando llevas tiempo en el Señor, es fácil confiarse, acostumbrarse a la rutina. A hacer las cosas maquinalmente. A que nuestra vida cristiana sea poco más que una costumbre. Pero eso es algo muy peligroso por varios motivos. En primer lugar, porque Dios quiere ser el centro de nuestra vida, de nuestro corazón. En segundo lugar, porque, sin apenas darnos cuenta, cuando entramos en esa dinámica, son nuestra mente y nuestras pasiones humanas las que empiezan a dominarnos. Y en lugar de la vida de Dios, lo que sale es nuestra vida natural no regenerada. Creo que cada cual la conoce demasiado bien para que necesite hablarle de ella. Todo lo opuesto a la vida santa y espiritual que recibimos cuando nuestro corazón está en el Señor.

Por eso, cuidemos nuestra unión con el Señor. Si vemos que ponemos los resultados en primer lugar, recuperemos la visión correcta. Roguemos al Señor para que nuestro trabajo en el Señor parta de Él, de su vida, no de la nuestra. Y clamemos para que no nos falte su vida en cada uno de nosotros, sino que sea Él quien reine en nuestros corazones.

  

Mª Auxiliadora Pacheco

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