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HE DECIDIDO PERDONAR

He decidido perdonar. No porque quienes me hayan hecho daño o causado cualquier tipo de perjuicio lo merezcan, lo hago porque me he dado cuenta de que la falta de perdón es como un gusano en una fruta. Por fuera, puede que solamente se vea un pequeño orificio. Pero por dentro está royendo y corrompiendo todo lo que encuentra a su paso.

Así es nuestro corazón. A los ojos de los demás, podemos dar la imagen de que nos encontramos perfectamente, de que todo marcha bien. Pero el Señor, y las personas que nos conozcan bien, pueden ver un orificio, una herida pequeña en apariencia, que no está curada. Esa llaga, como cualquiera que no esté bien curada, produce dolor y malestar psicológico y espiritual. Ese daño interior no cesará hasta que cierre la herida. También, como ocurre algunas veces, puede cerrarse en falso, dejando dentro una llaga interna llena de pus. Eso sucede si se afirma que todo se ha arreglado y perdonado, cuando no es así. De modo que la herida sigue, pero más escondida, y por ello con menos esperanza de curarse.

No es un camino fácil, cada cual conoce su propia historia. Hay recaídas de las que levantarse, es preciso negarse a seguir la antigua forma de pensar una y otra vez. Pero es un camino que lleva a la paz del alma.

No se llega hasta ahí negando las ofensas, ni minimizando los hechos. Los daños y heridas no se curan echándoles encima una manta, aunque sea en nombre de una supuesta espiritualidad. Dios nos creó con sentimientos, y querer apagarlos o negarlos es ir en contra de su creación, de como nos ha hecho a las personas. Por desgracia, hay muchos cristianos que no han madurado en este punto. Creen que ser creyentes nos quita el derecho a sentirnos mal, a estar enfadados, etcétera. Puedo responder que las Escrituras están llenas de pasajes donde los hijos e hijas de Dios expresan sus angustias, su dolor, su enfado por las injusticias, etcétera. Pretender negar y cortar estos sentimientos es una muestra de falta de madurez psicológica y espiritual. Jesús mismo lloró ante la muerte de Lázaro: Jesús lloró (Juan 11:35), además de mostrar otros muchos sentimientos. Y habló a los discípulos de su tristeza en Getsemaní (Mateo 26:38) sin titubear.

Cuando las ofensas son graves y no es posible hablar con el ofensor, es necesario contar con alguien de orejas grandes y boca pequeña con quien desahogarse y recibir el apoyo necesario para superarlas. Alguien con madurez que nos ayude a sacar fuera la amargura. También puede ayudar poner por escrito lo que sentimos para echar fuera todo lo malo. Y así, poco a poco, encontrar sanidad y poder perdonar.

Dios nos dijo que perdonáramos, no solamente para parecernos a Él, también para tener sanidad emocional y espiritual (Marcos 11:25). Por eso he querido dar este enfoque al tema del perdón. Que Dios nos ayude a andar por el camino del perdón, y recibir así su paz.

 

 

Mª Auxiliadora Pacheco



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Mª Auxiliadora Pacheco Morente

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