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FUERZA EN LA DEBILIDAD

 

Mª Auxiliadora Pacheco Morente 

 

Así tendréis una prueba de que habla Cristo en mí, y él no es débil para con vosotros, sino que es poderoso en vosotros. Aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Y también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para con vosotros. Examinaos a vosotros mismos, para ver si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos? ¿No sabéis que Jesucristo está en vosotros? ¡A menos que estéis reprobados!... porque nada podemos contra la verdad, sino a favor de la verdad. Por lo cual nos gozamos de que seamos nosotros débiles, y que vosotros estéis fuertes; y aun oramos por vuestra perfección.
(2 Corintios13:2-5, 8-9).

¡Qué fácil es cantar en medio de un culto del poder de Cristo! Son momentos de gozo, de moverse la presencia de Dios en medio de su pueblo, como él nos prometió. Pero luego volvemos cada cual a nuestro lugar, y nos sentimos débiles y frágiles. Aunque parezca una contradicción, no es algo negativo ni una mala noticia. El que se ve fuerte, autosuficiente, tiene su alma cerrada a cal y canto a Dios y la obra de su Espíritu en nosotros. Los religiosos del tiempo de Jesús creían que cumpliendo con sus ritos y tradiciones ya tenían suficiente, que no necesitaban ningún mensaje nuevo que pusiera su mundo patas arriba. Fueron pocos los que creyeron en Él, y le llevaron a la muerte. Tristemente, los mismos cristianos podemos llegar a un estado similar. La iglesia de Laodicea se había enfriado de tal forma que estando en una situación espiritual penosa, se veían bien, que todo iba sobre ruedas (Apocalipsis 3:17). Cristo les dio una fuerte reprensión, y los llamó al arrepentimiento, prometiendo que entrarían a su presencia, a su intimidad, que habían perdido por su dejadez y sus pecados (Apocalipsis 3:18-20).

El primer requisito para poder experimentar la vida de Dios es reconocer nuestra debilidad. Reconocer la realidad de nuestra condición es abrirle la puerta a Dios. Pablo les recuerda a los corintios la historia de la redención. Cristo dejó su trono de gloria y se hizo hombre. De un modo que escapa a nuestra comprensión humana, adquirió nuestra debilidad, y vivió como un débil mortal todo el tiempo que estuvo entre nosotros. A causa de su debilidad humana, murió en la cruz. Pero por cuanto no era un hombre más, sino el mismísimo Hijo de Dios encarnado, resucitó y vive “por el poder de Dios”. Ahora es fuerte y poderoso, y está sentado en un trono de gloria. Bajó de su trono a un humilde pesebre para hacerse uno con nosotros, con la raza humana. Por cuanto se hizo débil, y experimentó la fragilidad humana, no es ningún extraño para nosotros. Podemos acercarnos a Él con confianza sabiendo que nos comprende, y está siempre dispuesto a escuchar a un corazón que le habla con sinceridad.

Cristo ahora es fuerte y poderoso, como también lo recuerda el apóstol. Aun en una iglesia como la de Corinto, que poseía muchas deficiencias, el Señor se movía poderosamente. Y aunque Pablo reconocía que ni él ni sus colaboradores habían perdido su debilidad humana, el poder de Dios se manifestaba entre ellos para llevar a cabo su obra.  Por ello les recuerda a sus amados corintios que ellos también se encontraban en una situación similar. Eran débiles, pero Jesucristo estaba en ellos, a menos que se hubieran apartado de Dios. Había esperanza para ellos. Porque eran débiles, Dios podía manifestar su poder en ellos.

De la misma forma, porque somos débiles, Dios puede manifestar su poder en nosotros. Nuestra tarea no es hacer como los religiosos de cualquier época, hacer buenas obras y poner nuestro esfuerzo en ser mejores. Nuestra tarea es reconocer nuestra debilidad humana, rendirnos

a los pies de Cristo y dejar que El guíe nuestros pasos. No es vivir con nuestras propias fuerzas, sino con las suyas. Ese es el camino para vivir en el Espíritu y experimentar el poder de Dios.

  

Mª Auxiliadora Pacheco

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