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EN LA SEQUEDAD DEL VERANO

Mientras callé, se envejecieron mis huesos

en mi gemir todo el día,

 porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano;

se volvió mi verdor en sequedades de verano.
(Salmo 32:3-4, Reina – Valera 1995). 

 

El aire está seco y no corre un soplo de brisa. Camino bajo un Sol ardiente. Los únicos sonidos son el canto de la cigarra y el crujir de la vegetación seca bajo mis pies. A mi alrededor, todo es un páramo desolado. Tengo que tomar una decisión, y pronto. Con vergüenza, debo reconocer que estoy aquí porque así lo decidí. Me aparté del camino que estaba siguiendo. Iba por un camino bien trazado, cuando me llegó un perfume que recordaba ligeramente al incienso. Me aparté del camino, a pesar de discurrir junto a un fresco arroyo, y ser el tiempo caluroso. Empecé a ir por campo abierto, y a medida que avanzaba, el olor se hacía más intenso. Tanta era mi obstinación en llegar a la fuente de olor tan seductor, que no advertí que la vegetación, de ser fresca y verde, empezó a ser más seca y escasa. También perdí de vista el camino y el curso del agua. Sólo quedaba ese olor, que como una droga, me atraía más y más hacia él. Acabé por caminar entre hierbas secas, los cardos me pinchaban al menor descuido. El olor no era más que un espejismo que conducía a la sequedad.

Al final me he parado en mitad del campo, para mirar hacia el cielo, y pedir ayuda al Señor. Al bajar la vista, he visto a lo lejos una gran pared rocosa.  Fijándome bien, me parece distinguir una grieta en medio. No veo bien el tamaño de esa grieta, no sé si será una cueva donde refugiarme, o una simple hendidura. Voy hacia ella, aunque a simple vista no parezca muy prometedora. Al cabo de unos minutos, veo la grieta agrandarse. Cuando estoy a punto de llegar, veo que la grieta separa limpiamente la roca en dos, y que cerca del suelo forma una bóveda de piedra. Mi confianza flaquea un instante, y las fuerzas me fallan. Pero conozco el remedio, se me había olvidado algo. Le pido perdón a Dios por haberme apartado del camino por el que me estaba conduciendo, y por dudar de su cuidado al sacarme de este lugar árido carente del agua que necesito para vivir. Siento que las fuerzas vuelven a mí, y continúo andando hasta las rocas. Al llegar cerca de la bóveda, descubro que es una cueva. A mi alrededor, no hay más que pajas y cardos secos. No tengo otra opción que entrar en ella para salir de aquí. Por fin entro en la cueva, y miro alrededor. Si Dios me ha conducido a este lugar, debe haber una salida. Al cabo de un momento, veo un pequeño rayo de luz en el fondo. Me dirijo hasta él con cuidado, y veo un túnel débilmente iluminado por una luz que procede del fondo. Entro en el túnel, siguiendo la luz, y conforme voy andando, la luz se vuelve más intensa. En poco tiempo, veo la salida, o hablando más exactamente,  vegetación lozana y verde. La atravieso sin dificultad, y salgo a un hermoso valle regado por un río. Al lado del río, hay un camino. Sin duda es el mismo arroyo de antes, ya convertido en río. Después de tanto tiempo entre sequedades y cuevas, percibo con fuerza el olor a frescura y vegetación. Me avergüenzo al recordar como fui engañada por una esencia que adonde conducía en realidad era a un sequedal. Pero es hora de volver al camino y seguir adelante.

 

Te manifesté mi pecado,

Y no encubrí mi iniquidad.

Dije: “Confesaré mis transgresiones al SEÑOR;”

Y Tú perdonaste la culpa de mi pecado.

(Salmo 32:5, Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy).

 

 

Mª Auxiliadora Pacheco



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Mª Auxiliadora Pacheco Morente

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