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EL SUSURRADOR DE OVEJAS


Había una vez un pastor al que le gustaba mucho la tranquilidad. Eso podría parecer normal en alguien de este oficio, que se mueve entre las soledades del campo. Pero lo suyo era ya exagerado.

Él se preocupaba, sí, de llevar a sus ovejas a verdes pastos y a fuentes de agua. Pero siempre iba buscando las partes más llanas, aunque eso significara que los pastos no fueran tan jugosos como los de las zonas más escarpadas.

Como muchos pastores, tenía una flauta que tocaba en los ratos libres. Pero sobre todo había aprendido a usarla para que el rebaño se amoldara a sus gustos. Si el rebaño se mostraba inquieto, tocaba una dulce balada que le devolvía el sosiego. En el descanso del mediodía, tocaba una canción que llevaba al reposo. Y por la noche, después de haber guardado las ovejas en el redil, les tocaba una nana que hacía que durmieran profundamente.

Una noche los lobos se acercaron al redil. Como las ovejas estaban tan dormidas, no se dieron cuenta. Así que los lobos pudieron revisar tranquilamente el redil hasta encontrar un lugar donde los troncos habían cedido. Por ahí entraron, y se llevaron varias ovejas, sin que ni siquiera despertaran las que eran robadas hasta que fue demasiado tarde.

Cuando por la mañana se presentó el pastor, notó que le faltaban varias ovejas, y vio las huellas de los lobos. Les preguntó a las ovejas:

- ¿Por qué no avisasteis de lo que pasaba? Yo habría acudido a defenderos.

Las ovejas respondieron:

- Es que estábamos tan dormidas que no nos enteramos de nada.

 

Mª Auxiliadora Pacheco


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Mª Auxiliadora Pacheco Morente

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