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EL HOMBRE Y LOS ANIMALES

Desde hace algún tiempo está habiendo una fuerte polémica en relación al hombre y los animales. Los científicos afirman que los últimos descubrimientos están borrando las diferencias que se aceptaban tradicionalmente entre lo que es propiamente humano y lo que pertenece exclusivamente al animal.

Los científicos afirmaban que el hombre es el único ser que fabrica herramientas y posee un lenguaje que pueda considerarse como tal para expresarse con sus semejantes. Pero se ha descubierto que algunos animales (no solamente monos) preparan ramitas para atrapar insectos y utilizan piedras u objetos similares para romper la cáscara de frutos como las nueces y almendras con el fin de aprovechar su contenido. Por si esto fuera poco, se tiene la casi absoluta certeza de que cetáceos como las ballenas y delfines usan un lenguaje donde distintos sonidos expresan diferentes estados de ánimo e información para otros miembros de su especie, por no hablar de que monos usados en experimentos han llegado a aprender el significado de un cierto número de palabras, el más avanzado dicen que mil.

Esto no es algo que deba traer dudas a ningún creyente. La supuesta confusión procede de que los hombres de ciencia quisieron explicar con sus propios argumentos en qué se diferencian un hombre y un animal. Al fallarles sus razonamientos, ha surgido la polémica.

El hombre puede equivocarse al dar ciertas cosas por sentado sin atender a la Palabra de Dios. En ella, se expresan claramente cuáles son las diferencias entre el hombre y los animales.

La primera diferencia que encontramos es en la forma en la que fueron creados:

“Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así” (Génesis 1:24, ver también Génesis 1:20,21).

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:26-28).

De los animales se dice que fueron creados “según su especie”. En cambio, la Palabra afirma que el hombre fue creado a imagen de Dios. Esta frase tan sencilla en apariencia crea un abismo entre el hombre y los animales. Por supuesto, debe entenderse en un sentido espiritual. La Trinidad no posee ojos, manos, etcétera. Dios Hijo, después de la encarnación, adquirió un cuerpo humano, pero en el momento que fueron creados Adán y Eva no lo poseía. Dios nos ha dado una capacidad de razonar, unos sentimientos y un lenguaje infinitamente más complejos que los que pueda poseer cualquier animal, y sobre todo, un espíritu con el que nos podemos comunicar con Él, destinado a mostrar su imagen. Como fruto de esta dignidad superior del hombre, Dios les dio a Adán y Eva dominio sobre la Tierra y los seres que la habitan.

El alma que Dios nos ha dado es inmortal, en cambio, el aliento o alma de los animales perece al mismo tiempo que su cuerpo: 

“¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?” (Eclesiastés 3:21).

No hay duda del destino del alma del hombre (ver Eclesiastés 12:7), pero muchos lo pasan por alto. El original hebreo expresa fuertemente el contraste entre el hombre y el animal:

“El espíritu del hombre asciende, y pertenece a lo de arriba; pero el espíritu de la bestia, que desciende, pertenece a lo de abajo, a la tierra.”
Algunos argumentan que cómo es posible, si somos hechos a imagen de Dios, que haya tanta maldad y depravación entre los seres humanos. No debemos olvidar que el hombre es un ser caído, y que su obstinación en apartarse de Dios lo acerca a las bestias, en vez de al lugar honroso que le fue destinado:

“El hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen” (Salmo 49:20).


Mª Auxiliadora Pacheco


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Mª Auxiliadora Pacheco Morente

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