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EL HOMBRE PEQUEÑO

Era un hombre tan pequeño que necesitaba humillar a una mujer para sentirse grande. Necesitaba tener junto a él a una mujer a la que estar machacando con sus tesis y sus frases favoritas en contra de las mujeres.

Era un hombre tan débil que necesitaba a una mujer vulnerable para sentirse fuerte. No estaba dispuesto a tener a su lado a una mujer lo suficientemente fuerte para plantarle cara cuando se quisiera convertir en su jefe.

Era un hombre tan rancio que no entraba en su mente que para una mujer su vocación personal fuera poner en funcionamiento sus capacidades personales y que para ella las tareas que tradicionalmente se le han asignado a las mujeres fueran algo secundario y no les prestara más atención de la estrictamente necesaria.

Era un hombre que se sentía tan poca cosa que necesitaba ningunear a las mujeres para sentirse alguien. Buena parte de su conversación consistía en decir lo poco que valen las mujeres en relación con los hombres. Había acumulado toda una colección de historias sobre mujeres que habían metido la pata alguna vez para confirmar sus afirmaciones acerca de las mujeres. No importaba que algunas fueran ya bastante añejas, lo importante era demostrar la inferioridad femenina a toda costa. Porque, además, según él, las mujeres siempre somos un estorbo para que los hombres puedan cumplir su misión en la vida. Que había leído la Biblia, pues mejor todavía. Así podía encontrar el texto que más le gustara para interpretarlo a su antojo para denigrar a las mujeres. Que el valor, la colaboración en la obra de Dios de las mujeres y el trato que dio Jesús a las mujeres que se cuentan en la Biblia daría para muchas páginas, para él eran cosas impensables.

Para él todo esto era absolutamente normal, porque nadie nunca le había afeado estas cosas. Además, se había cuidado de rodearse de un clan de sus mismas ideas, para poder despacharse a gusto con chistes de mal gusto acerca de las mujeres. Sus compadres eran tan rancios que no les importaba decir frases groseras sobre las mujeres sin venir a cuento de nada dentro de una iglesia.

Así que cada vez se fue volviendo más pequeño, más inseguro y más rancio. Porque por su cerrazón de mente no era capaz de estar junto a una mujer que le retara a poner en funcionamiento su mente, en lugar de otras cosas. Una mujer que tuviera la capacidad de quitarle las telarañas de su mente, infinitamente más dañinas que las de un rincón. Porque para eso habría necesitado bajar de su pedestal y humillarse a reconocer la igualdad de mente y capacidades de las mujeres, y eso, jamás de los jamases. Así que nunca podría gozar del compañerismo con una mujer que trabajara con él en condiciones de igualdad. Tampoco era capaz de tener amistad con quienes le pudieran aportar cosas positivas y le pusieran al día en cuanto a sus ideas. Así que a la larga, por la ley de causa y efecto, fue él el perjudicado. 

 

Mª Auxiliadora Pacheco


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Mª Auxiliadora Pacheco Morente

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