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DON ORGULLO Y DOÑA PREPOTENCIA

En esta vida es inevitable que haya personas con las que te sientas más afín que con otras. Y aún con aquellas con las que te sientes más identificada, pueden surgir diferencias. Por eso se hace necesario estar atentos, porque hay una oscura pareja que aprovecha cualquier ocasión para dominarnos. 

Don Orgullo se te acerca sigilosamente, y te empieza a susurrar palabras insidiosas envueltas en una cubierta de dulzura, como si fueran bombones. “Esa persona no te mira bien, por eso ha dicho esas palabras”, “tú vales mucho más que esa persona, no debes permitir que te pise”, “eres una persona digna de admiración”.

Doña Prepotencia no es menos venenosa. Se vale de unas artimañas parecidas a las del orgullo. Empieza regalándote los oídos, te dice cuántas y de qué calidad son tus cualidades comparadas con las de otras personas. Te hace creer que eres indispensable en ciertas áreas, que nadie es capaz de hacer lo que tú. Por eso, debes hacer todo lo posible por conservar tu puesto. Eso incluye pisar o cerrar el paso a quienes demuestren unas cualidades parecidas a las tuyas o podrían hacerte sombra.

Don Orgullo y Doña Prepotencia son una pareja de mucho cuidado. Cuando les haces caso, o seducen a otras personas con sus palabras, te meten en líos y hacen un gran daño. ¡Cuántas palabras hay que lamentar por haberlas dicho en un arranque de orgullo! El orgullo convierte las palabras en ácido que quema el lugar a donde tocan. Y aparecen los daños. Daños a quienes la reciben, o daños a quienes las pronuncian por la reacción ante ellas.

La prepotencia te hace ver dudas a tus capacidades donde solamente hay voluntad de ayudar, o de corregir sanamente lo que podrías hacer mejor. Hace que mires por encima del hombro a quienes pretenden colaborar contigo. Impide que otras personas desarrollen sus propias capacidades, porque nadie más es capaz de hacer lo que tú haces. Y deja personas heridas e inutilizadas, cuando podrían estar ejerciendo sus capacidades o ministerios con normalidad, porque ni en la vida ni en la iglesia sobra nadie.

Pero a Don Orgullo y a Doña Prepotencia todo eso les trae sin cuidado. Cuando aparecen los problemas, no ayudan a resolverlos. Al contrario, si pueden, remueven más las heridas y las divisiones para hacerlas más profundas. Te entretienen con el estúpido trabajo de crearte una corte de admiradores que te idolatren, de darles lo que quieren para recibir sus alabanzas en lugar de lo más apropiado al momento que se vive. Te convierten en una caricatura que se duele cuando ves en peligro perder a alguno de tus admiradores, o que expresen su disconformidad contigo.

Y si llega al poder alguno de los que han seducido ¡ay de los que estén a su cargo! Lo mismo vale fuera que dentro de la iglesia. Un jefe omnipotente e incuestionable es muy probable que tarde o temprano lleve a su empresa a la ruina. Y una iglesia con un líder o líderes de esas características sufre muchos daños y con frecuencia se divide. Hay demasiadas personas que se creen dueñas exclusivas de la unción y la sabiduría divina. Pero la Escritura es muy clara, cada miembro posee la gracia de Dios, que se manifiesta de múltiples formas (1 Pedro 4:10).

Mandemos a paseo a tan odiosa pareja, que aquí los únicos que sobran son ellos: Don Orgullo y Doña Prepotencia.
 

Mª Auxiliadora Pacheco

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Mª Auxiliadora Pacheco Morente

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