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DIOS SOCORRE A SU PUEBLO

Mucho me han angustiado desde mi juventud,
puede decir ahora Israel;

mucho me han angustiado desde mi juventud,
pero no prevalecieron contra mí.

Sobre mis espaldas araron los aradores,
hicieron largos surcos.

¡Jehová es justo,
cortó las coyundas de los impíos!

Serán avergonzados y vueltos atrás
todos los que aborrecen a Sión.

Serán como la hierba de los tejados,
que se seca antes de crecer,

de la cual no llenó el segador su mano
ni sus brazos el que hace gavillas;

 ni dijeron los que pasaban:
«La bendición de Jehová sea sobre vosotros.
¡Os bendecimos en el nombre de Jehová!».
 (Salmo 129). 

 

Quienes me conocen, saben que yo no soy dada a las proclamas que se han puesto tan de moda en ciertos sectores cristianos. Yo prefiero el Dios del susurro apacible al Dios que rompe las rocas a su paso (1ª de Reyes 19:11-13). Pero en ocasiones tenemos que recordar que Dios está con nosotros, y renovar nuestra confianza en Dios. Recurrimos a los Salmos en los momentos de dificultad, porque muchos de ellos expresan el clamor del pueblo de Dios ante las dificultades y las injusticias. El Salmo 129 es uno de ellos.

Israel está situado en un lugar estratégico. Debido a ello, y a su cercanía con los grandes imperios del pasado, una y otra vez se veía invadido por ejércitos extranjeros, más los pueblos que vivían junto a ellos. Por eso abundan tanto las referencias a los enemigos en los Salmos, a las dificultades del pueblo. En medio de estas situaciones, el pueblo debía aprender a confiar en Dios, y no en sus propias fuerzas. Sus propios medios con frecuencia no eran suficientes para defenderse, y entonces caían en la tentación de recurrir a alianzas con sus vecinos más poderosos, como Egipto, para solucionar sus problemas. Pero cuando recurrían a otras naciones, la mayoría de las veces lo único que conseguían era crear problemas nuevos. Dios les tenía que exhortar una y otra vez a arrepentirse y a buscarle Él en lugar de ir en busca de ayuda humana. Cuando lo hacían, Dios actuaba.

¿Qué nos dice, pues, este salmo a los creyentes de la actualidad? Nos habla de una realidad que algunos quieren negar, que los creyentes pasan por muchas pruebas. Unas nos vienen por estar en un mundo imperfecto y caído, porque los creyentes no están a salvo de los males de este mundo. Otras, porque, como nos advierte la Escritura, Satanás y sus huestes atacan al pueblo de Dios y debemos estar vestidos con la armadura de Dios para poder hacerles frente (Efesios 6:10-20). Nuestras espaldas se llenan de heridas, unas por el simple hecho de estar en este mundo, y otras por ser el objetivo de los ataques del enemigo. Pero, igual que el salmista, tenemos que mirar al cielo y clamar al Señor, confiando en que Él actuará. Las coyundas son cuerdas, ataduras que nos ponen el enemigo, y las personas que se dejan llevar por su influencia. Pero si clamamos a Dios, Él las cortará. Puede que a veces tengamos que recurrir a la ayuda de personas maduras en el Señor, para que nos guíen en las situaciones complicadas, o que nos desbordan. Pero siempre, sin olvidar que Dios es nuestro libertador. Y que la bendición de Dios está con quienes le buscan y andan en sus caminos.

Más tarde o más temprano, Dios hace justicia. Puede que muchas veces en este mundo nos toque sufrir, como al mendigo Lázaro (Lucas 16:19-31), y tengamos que estar recordando que nuestra ciudadanía está en los cielos. Y que es allí donde esperamos disfrutar por siempre de una vida sin tropiezos ni amarguras, en la presencia del Señor. Dios mira cuando atacan a sus hijos e hijas, quienes lo hacen no tienen su bendición, y lo tendrán peor todavía cuando les llegue el momento de dar cuentas por su vida, como el rico de la parábola.

Yo no quiero estar fuera de la bendición del Señor, yo quiero estar en los brazos de mi Pastor, y poderme reunir con Él cuando me toque atravesar el río de la otra vida. ¿Lo quieres tú? 

 

Mª Auxiliadora Pacheco



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