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BARRO TIERNO

Palabra que vino a Jeremías de parte del SEÑOR:

"Levántate y desciende a la casa del alfarero, y allí te anunciaré Mis palabras."

Entonces descendí a la casa del alfarero, y allí estaba él, haciendo un trabajo sobre la rueda. Y la vasija de barro que estaba haciendo se echó a perder en la mano del alfarero; así que volvió a hacer de ella otra vasija, según le pareció mejor al alfarero hacerla. Entonces vino a mí la palabra del SEÑOR:

"¿Acaso no puedo Yo hacer con ustedes, casa de Israel, lo mismo que hace este alfarero?" declara el SEÑOR. "Tal como el barro en manos del alfarero, así son ustedes en Mi mano, casa de Israel. (Jeremías 18:1-6).

 

Por lo evidente, se nos suele olvidar que para que un barro pueda ser amasado, la primera condición es que esté blando. Debe poseer la suficiente humedad, estar impregnado del agua suficiente para no ser una simple bola con la que no se puede trabajar. El agua en las Escrituras simboliza el Espíritu Santo. Quiero ser barro moldeable, barro que se deja dar forma en las manos del alfarero. Para ello es necesario dejarse llenar por el Espíritu, buscándole cada día, y dejarse guiar por Él. Si no le busco, si ando en mis propios caminos, perderé esa agua que me hace moldeable. En ocasiones, tomamos decisiones equivocadas que nos apartan del plan de Dios para nuestras vidas. O Dios ve que el camino que llevamos nos va a llevar a un mal final. Entonces, obra como el alfarero, hace que nuestras vidas se deshagan, cambien de rumbo ante nuestros propios ojos. Es algo que duele, pero no es algo que Dios haga para destrucción. Lo hace, como dice el texto, para crear una vasija nueva, de acuerdo a sus propósitos.

El ejemplo del alfarero me trae a la mente la tierra del campo. La que con regularidad recibe lluvia, es una tierra blanda, que da flores y frutos, sean silvestres o cultivados. Cuando deja de recibir lluvia, se forma una costra en la superficie, y empiezan a desaparecer las plantas. Con el tiempo, se puede formar una costra dura y agrietada parecida a una piedra, y llegar a morir hasta los árboles. Si en esas circunstancias cae un aguacero violento y repentino, no penetrará en la tierra, porque está dura, y se escurrirá.

Igual somos nosotros, como un campo que necesita el agua del Espíritu regularmente. Los campos no pueden decidir por sí mismos recibir o no agua, si va a haber sequía, o si va a llover en las fechas adecuadas. Pero nosotros sí tenemos esa libertad. Dios nos da a elegir entre buscarle, hablar con Él en oración, buscar alimento en su Palabra, andar en sus caminos, o no hacerlo. Sin Él, nuestra alma se seca. Al principio sólo habrá un poco de sequedad, luego una pequeña costra, y finalmente se vuelve dura e insensible. Por ello se hace necesario no dejar que las ocupaciones, los problemas, etcétera, hagan que dejemos de buscarle. Que para Dios seamos siempre tierra blanda, que puede absorber la lluvia de su Espíritu, barro que puede ser moldeado en sus manos.

 

Mª Auxiliadora Pacheco



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Mª Auxiliadora Pacheco Morente

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