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¡ALÚA!

Mª Auxiliadora Pacheco Morente

 

Es un domingo de reunión en el rato de canciones y alabanza. Entre canción y canción, una persona exclama: ¡Gracias, Señor!, otra: ¡Bendito sea Dios!, otra: ¡Gloria a Dios! De repente, entre las alabanzas y acciones de gracias, una voz femenina exclama: ¡Alúa! A nadie le extraña, porque es Conchita, una síndrome de Down que ama a Dios profundamente. No puede hablar bien debido a su discapacidad, pero eso no le impide expresar su fe y su alegría. Dice alúa porque no sabe decir aleluya, pero sí sabe mostrar su amor por Dios y hacia las personas que la rodean. Un dato más sobre ella: es de etnia gitana. Así que según esta sociedad es una persona que vino a este mundo con tres hándicaps que superar: mujer, discapacitada y gitana. Pero el mismo Espíritu que inspiró a Pablo a escribir: Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gálatas 3:28), es el primero en hacer realidad esas palabras. Para Él es una persona que le ama, y por ello le da su gracia y amor lo mismo que a las demás. Esta era una escena frecuente hace años en la iglesia en la que me congregaba en ese tiempo. Conchita, alabando y dando gracias a Dios llena de gozo, con su lenguaje particular que muchas veces nos tenía que traducir su familia, pero que Dios entendía perfectamente. Reconozco que para mí era un gran misterio: como Dios se expresa y da su gracia en circunstancias que a nuestros ojos lo tienen todo en contra. Hablando de esto con un amigo, me dio una de las claves de su caso: su alma no es discapacitada. Dios, que no mira nuestro sexo, nación, raza o condición económica, tampoco mira nuestro cociente intelectual, si nos falta uno de nuestros miembros, o si tenemos alguna otra discapacidad. Todos tenemos una misma clase de alma, con la misma capacidad de recibir los dones y la gracia de Dios. En aquel tiempo supe que incluso Dios la usó para dar ánimos y palabra a otras personas, haciendo que fuera entendida a pesar de sus problemas de comunicación. Su familia también contaba que oraba por otras personas. No era una simple receptora de la gracia divina, también la repartía a su alrededor.

En los últimos años, su salud se ha deteriorado mucho. Como es bien sabido, la salud de estas personas es frágil, y envejecen pronto.

Pero su vida es un ejemplo de lo que Dios puede hacer con alguien que le ama: recibir y ser un canal de la gracia de Dios. La vida de algunas personas para nosotros contiene muchos misterios, pero alguien como Conchita prueba que no somos nadie para decidir si unos tienen más derecho a vivir que otros. Todas las personas, como ya he dicho, tenemos una sola clase de alma, y por tanto la misma capacidad para vivir una vida en el Espíritu.

 

 

Mª Auxiliadora Pacheco

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