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A LOS HOMBRES DE MALA VOLUNTAD

“¡Gloria a Dios en las alturas,
Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”
(Lucas 2:14)

Contrariamente a lo que muchos piensan, el mensaje del Evangelio -proclamado por los ángeles en aquella primera Navidad- no es una oferta de paz a los hombres de buena voluntad sino el testimonio de la buena voluntad de Dios en favor de una raza caída y perdida por el pecado: la raza humana.
Que nadie se escandalice: el Niño que nació en Belén no se encarnó para brindar bendiciones a unos hipotéticos y supuestos hombres de “buena voluntad”, sino que “se hizo Carne” para salvar a los hombres de mala voluntad que reconocen su estado y se confían a la misericordia divina: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:32).
Es toda una ciencia la habilidad que se requiere para hacer inteligible al hombre moderno el texto sagrado. ¡Gracias a Dios porque no han faltado cultivadores de esta ciencia! Sin embargo, sea por ignorancia, o por prejuicios dogmáticos, hay algunos textos que al pasar al conocimiento popular han sufrido desfiguración en su significado. Así, el texto original griego de Lucas 2:14 no reza en su parte final: “Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, sino más bien: “Y en la tierra paz a los hombres que son objeto de la benevolencia divina.”
Así, pues, la fórmula popular “Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, no tiene ningún fundamento bíblico. Sería incluso más cercano al texto original decir: “Paz en la tierra a los hombres de mala voluntad, convertidos en objeto de la benevolencia divina”. Pues la “buena voluntad” de que nos habla este versículo es la de Dios, no de los hombres. Y, por otra parte, cada vez que la Escritura se refiere a la voluntad humana la describe en términos sombríos, poniendo al descubierto su íntima perversidad y continua tendencia al pecado.
Si la paz, en vez de ser un don que la gracia de Dios ofrece al hombre, fuese el resultado de nuestra “buena voluntad”, tendríamos no la expresión del amor de Dios hacia los pecadores (tema fundamental del Evangelio) sino la formulación de una condición necesaria para poder obtener dicha paz. Pero, según el mensaje apostólico, es el hombre el que ha de recibir un don inmerecido de parte de Dios, y no éste de aquél.
Si la paz, fruto de la salvación, pudiera establecerse mediante buenos sentimientos humanos, ¿por qué se encarnó Cristo? Aún más: ¿por qué tuvo que morir en la cruz del Calvario para salvarnos y traernos su paz única? ¿Por qué, si en los hombres hay “buena voluntad” capaz de elevarse hasta el cielo?
Si el mensaje proclamado por los ángeles fuera el de “paz a los hombres de buena voluntad” entonces podríamos decir que el Evangelio había fracasado por anticipado y que Dios perdió el tiempo enviando a tan insignes mensajeros. La paz es cada día un sueño más lejano y el espectro horrible de la guerra va cobrando cada día más visos de probabilidad. ¿Por qué? Porque no queda buena voluntad en los hombres. Se perdió hace miles de años en el Edén y nos estamos distanciando más y más de ella diariamente a causa de nuestros pecados.
Pero, si pese a todo, Dios ofrece su salvación y su paz, es porque su buena voluntad no ha cesado de obrar en favor nuestro. Su buena voluntad para con los hombres de mala voluntad.
Los ángeles cantaron con acentos de seguridad y gozo, porque proclamaban que la buena voluntad de Dios hacia la humanidad arruinada en el pecado iba a hacer posible la paz entre Dios y el pecador, entre el Señor y Soberano del universo y la criatura rebelde y llena de mala voluntad hacia su Creador (Lucas 2:10, 11).
El Niño que acababa de nacer era el Mesías esperado por Israel, su Señor y Cristo. Era también la esperanza de todas las gentes y naciones (Isaías 60:3). De ahí que el mensaje de los ángeles cobre tanta actualidad entre nosotros hoy como la tuvo en aquella primera noche navideña. Porque la necesidad de salvación no ha disminuido ni un ápice. Todos los hombres estamos arruinados por el pecado, somos enemigos de Dios (Romanos 3). La paz del espíritu, la paz que sólo puede brotar de la reconciliación entre el hombre pecador y Dios, es Cristo    -sólo Cristo- el único que puede hacerla posible.
Esta es la paz que el mensaje navideño nos presenta cada año. Pero su secreto es tan sólo para aquellos que saben discernir su verdadero significado, para aquellos que saben leer en el Libro de Dios, para cuantos comprenden que de tal manera ha amado Dios al mundo que ha dado a su Hijo para que todo aquél que en él cree no se pierda mas tenga vida eterna.

Este artículo fue extraído del capítulo del mismo nombre del libro La otra violencia, de José Grau,  publicado por Ediciones Evangélicas Europeas. Este artículo fue publicado en el boletín Compartiendo.


Mª Auxiliadora Pacheco


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Mª Auxiliadora Pacheco Morente

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